24/01/2026, 14.48
MUNDO RUSO
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El puente de las lenguas entre Rusia y Ucrania

de Stefano Caprio

La poetisa y traductora Irina Jurchuk, nacida en la ciudad de Járkov, en la frontera entre los dos países y epicentro del conflicto en curso, ha publicado en Kiev su libro “El paso sobreelevado”, una antología en la que combina textos de autores rusos y ucranianos contemporáneos junto con las traducciones y sus propias rimas bilingües. Una forma de reencontrar la propia identidad, sin dejarse destruir por las atropellos y las reivindicaciones.

La cuestión de fondo en el eterno conflicto entre Rusia y Ucrania, que se prolonga en el campo de batalla desde hace cuatro años y en las conciencias desde hace cuatro siglos (y se podría decir que desde hace más de un milenio, cuando se fundó la Rus' de Kiev), es el choque entre dos visiones del mundo, de las relaciones humanas y de los vínculos entre los pueblos: la del Oriente colectivista y el Occidente personalista, en sus múltiples variantes. El conflicto afecta a los territorios de ambas orillas del río de la historia europea, representado por el Danubio, el Dniéper e incluso el Volga; y se agudiza con la confrontación entre las diversas interpretaciones del cristianismo latino y bizantino, ortodoxo ruso y ortodoxo ucraniano, cristianismo e islam, hasta las múltiples flexiones lingüísticas y culturales.

Los rusos no consideran el ucraniano una lengua propiamente dicha, pero el conflicto se extiende al polaco, el checo o el búlgaro, el serbio, el croata y otras variantes de las lenguas eslavas, cada una de las cuales considera que ella es la “lengua madre” a la que todos deben remitirse. Todos los eslavos ortodoxos utilizan la dimensión sagrada del eslavo eclesiástico, que evoca las raíces comunes del eslavo antiguo, y llegan incluso a discutir sobre la pronunciación variable de fórmulas de las liturgias que ya resultan poco comprensibles para los fieles, aunque siguen siendo prerrogativa del clero como instrumento de afirmación de la superioridad “institutiva” de la Iglesia sobre el Estado.

La gran cultura rusa de los siglos pasados ha caído en el olvido, suplantada por una propaganda esencialmente insulsa que se limita a explotar eslóganes y citas de Pushkin, Gógol y Dostoievski para demostrar la grandeza artística del artificioso “mundo ruso”, mientras que los ucranianos demonizan y acusan a estos grandes nombres del pasado de haber inspirado las políticas imperiales de los zares, de los comunistas soviéticos y de los soberanistas putinianos, imponiendo la “lengua del enemigo”. De este modo se anula la posibilidad de comprenderse y dialogar, negándose a creer que “el otro” tiene una dignidad cultural, social y religiosa propia, y todo se reduce a afirmaciones agresivas de identidades cada vez más artificiosas, como ocurre ahora en el mundo de la comunicación tecnológica que se refleja en las relaciones sociales a todos los niveles, incluyendo las operaciones militares, las negociaciones diplomáticas y las ideologías políticas dominantes.

Irina Jurchuk, poetisa y traductora bilingüe ruso-ucraniana, ofrece una propuesta para restablecer los puentes de comunicación verdadera y profunda. Nacida en la ciudad de Járkov, en la frontera entre los dos países y epicentro del conflicto en curso, vive desde hace años en Alemania, donde ejerce como médica y escribe poesías tanto en ucraniano como en ruso, para adultos y para niños. Ha ganado numerosos premios en concursos literarios en Ucrania y a nivel internacional, y publicó recientemente en Kiev su libro Nadzemnyj perekhid, “El paso sobreelevado”, una antología que reúne textos de autores rusos y ucranianos contemporáneos, junto con las traducciones y sus propias rimas bilingües.

Jurchuk afirma que se ha dejado inspirar por el “encanto poético" de su lengua materna sumado al "deseo de ampliar los límites" de sus propias capacidades, pasando del trabajo de traducción a la expresión creativa. Combinar las diversas dimensiones de la cultura rusa y ucraniana ha coincidido además “con la necesidad de distanciarse psicológicamente de la espantosa realidad de la guerra”, utilizando la inmersión en las traducciones como mecanismo para escapar de la tragedia. De esa manera se puede intentar “construir un puente entre las lenguas y las épocas, entre las generaciones contemporáneas y las futuras de los ucranianos”,  recuperando en la lengua la identidad propia, sin dejarse aniquilar por los atropellos y las reivindicaciones.

Es suficiente recordar una palabra de la que ya se ha abusado en todas las latitudes, el “genocidio”, del que se acusan recíprocamente los Estados en conflicto. La motivación principal del “genocidio de los rusos en el Donbás”, que para Moscú justifica la “operación militar especial”, es precisamente la lingüística, porque se impone a los rusófonos de la región el uso exclusivo de la lengua ucraniana, del mismo modo que los ucranianos consideran haber estado sometidos durante siglos al “genocidio de la rusificación”, del que han decidido liberarse definitivamente, y recuerdan la prohibición de usar el ucraniano que impusieron los emperadores rusos en el siglo XIX y las sucesivas oleadas de cancelación de la identidad ucraniana por parte de los soviéticos, incluso con la supresión de la Iglesia greco-católica y el dominio rusófono de la ortodoxia patriarcal.

El objetivo de la antología, entonces, es pasar “por encima”, nadzemnyj, de todas las disputas y batallas, para intentar limitar al máximo los daños y recuperar la verdadera expresión de ambas lenguas y culturas, aprovechando también la “diversa musicalidad de los sonidos en las diferentes formulaciones, recurriendo a las herramientas poéticas que desarticulan las barricadas”, afirma Jurchuk. Componer versos es la mejor manera de usar las lenguas, y la traducción obliga a mirar cada palabra con mucha atención y analizar su sentido en el contexto de la rima, más que colocar simplemente su equivalente formal. Aun conociendo bien un idioma extranjero, es inevitable la necesidad de buscar constantemente en los diccionarios y elegir formas incluso muy diversas de las convencionales, sobre todo cuando se trata de lenguas muy cercanas entre sí como el ruso y el ucraniano, tal como ha ocurrido en el pasado con las lenguas greco-latinas, romances, anglosajonas, etc., con el resultado de mejorar la propia lengua materna.

La traducción corre siempre el riesgo de traicionar, pero esa es la única manera en que se cumple el proceso de la tradición, en las diversas variantes de la misma palabra latina tradere. En tiempos de “valores tradicionales” proclamados desde los púlpitos político-religiosos, el esfuerzo literario y poético puede realmente ayudar a redescubrir el valor auténtico de las tradiciones, de las cuales la lengua es un vector imprescindible. Como explica Jurchuk, “la traducción es una pequeña vida en el espacio y en el tiempo de la poesía, que trata de evitar los escollos de la pérdida de significado o de traerlo hacia el propio lado, diferente al del autor”. En una era de traductores automáticos cada vez más perfeccionados, se abre un espacio nuevo para la comprensión recíproca, lo que demuestra que la tecnología no resuelve nada sin el aporte de la persona.

Actualmente no existe diálogo alguno entre la cultura y la literatura de Rusia y de Ucrania, y será difícil que se puedan volver a conectar hasta vaya a saber cuánto tiempo - algunas décadas como mínimo - suponiendo que alguna vez terminen las operaciones militares. Jurchuk cita en ruso un verso de un poeta ucraniano, según el cual, en el futuro, la biblioteca / será un peligro para los hombres / y en el siglo XXI que ciega / estará en el fuego de los fenómenos. Se trata obviamente de una traducción al español que no respeta el original ruso ni tampoco la traducción ucraniana, pero que pone de relieve que los libros y las palabras se están convirtiendo cada vez menos en certezas y cada vez más en armas de destrucción masiva.

La literatura ucraniana en general, y la poesía en particular, se están desarrollando como nunca había sucedido en la historia, y la guerra ha acelerado aún más el ritmo de la creatividad, lo que ha llevado a una creciente toma de conciencia de la necesidad de disociarse cada vez más de la rusa. La lengua rusa, que todos los ucranianos conocen y hablan con fluidez, se ha convertido en un factor traumático de la cotidianidad trágica de la que es necesario tomar distancia de manera absoluta, y a menudo sucede que el ruso que se habla en familia por costumbre, es censurado en público debido a la vergüenza que provoca escucharlo, y no todos tienen la posibilidad de pasar a expresarse totalmente en ucraniano, lengua materna largamente reprimida que hoy expresa un deseo de cambio radical. El propio presidente Volodímir Zelenski, antes de presentarse a las elecciones presidenciales de 2019, hizo un curso de ucraniano porque es rusófono por herencia familiar.

La nueva cultura ucraniana, sin embargo, no quiere estar determinada sólo por la protesta reactiva contra el agresor, sino que busca definir una identidad proyectada hacia un futuro aún por escribir y declamar, sabiendo bien que la presión de Rusia no se detendrá sólo en los misiles y las conquistas territoriales, sino que buscará por todos los medios reconquistar la autoconciencia de un pueblo del que los mismos rusos provienen y con el que están aún estrechamente emparentados. La lengua será cada vez más la “defensa inmunitaria de un organismo vivo”, afirma Irina Jurchuk, que intenta tender un puente sobre el abismo de los dos pueblos, con una dedicación que resulta necesaria no solo para los rusos y ucranianos, sino que constituye un ejemplo para los pueblos enemigos de todo el mundo. Y utilizando la lengua de unos y otros para redescubrir verdades compartidas y más grandes, como en estos versos escritos por ella bajo el fragor de las bombas que destruyen los hogares:

...La ciencia de la huida, la experiencia de la supervivencia,/ la sábana apretada como una soga,/ y yo sueño: cada golpe en el universo es un golpe directo sobre mí...

 

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