Islamabad, el drama oculto de los refugiados cristianos afganos
El conflicto que ha vuelto a estallar entre Pakistán y los talibanes agrava aún más la precaria situación de las familias registradas como refugiadas por ACNUR, pero que carecen de una hoja de ruta clara para el reasentamiento permanente. A menudo viven de incógnito por razones de seguridad, ante el temor de ser repatriadas a Kabul, bajo un gobierno que las persigue. La súplica de una mujer: "Quiero que mis hijos crezcan sin miedo".
Islamabad (AsiaNews) - En un modesto barrio a pocos pasos de la iglesia más antigua de Islamabad, la señora Mastora (nombre cambiado por razones de seguridad) transcurre sus días en un silencioso aislamiento, con una vida marcada por el exilio, la incertidumbre y una fe inquebrantable que en su momento la expuso a graves peligros.
Afgana convertida al cristianismo, huyó de su país cuando los talibanes volvieron al poder en 2021. Para los conversos y otras minorías religiosas, la toma del poder supuso un riesgo inmediato, ya que el abandono del islam se considera un delito grave según la rígida interpretación de la ley impuesta por el grupo. Muchos escaparon sin preparación alguna, abandonando hogares, bienes y, en algunos casos, a familiares que no pudieron huir.
La Sra. Mastora ahora está registrada ante el ACNUR en Pakistán, pero este registro solo le ha proporcionado un alivio parcial. No puede regresar de forma segura a Afganistán, pero tampoco tiene una vía de salida clara hacia un reasentamiento permanente. Como muchos refugiados en circunstancias similares, vive en un continuo estado de espera, dependiendo de una ayuda limitada y de la buena voluntad de las comunidades locales. Esta situación se ha vuelto aún más crítica debido al reciente recrudecimiento del conflicto en la frontera entre Pakistán y Afganistán.
La situación de Mastora refleja una crisis más amplia y en gran medida invisible que afecta a las familias cristianas afganas dispersas por Pakistán. A diferencia de otras poblaciones de refugiados más numerosas, a menudo estas familias se mantienen ocultas por razones de seguridad. La visibilidad pública podría exponerlas a amenazas, estigmatización o atención no deseada, tanto por parte de actores hostiles como debido al frágil contexto legal que afecta a los migrantes sin papeles o con documentación parcial.
Muchos llegaron traumatizados porque han presenciado situaciones de violencia, han recibido amenazas o afrontaron peligrosos viajes a través de la frontera. Los padres viven en constante preocupación por la seguridad y el futuro de sus hijos, sobre todo cuando el acceso a la educación formal es incierto. Las familias suelen compartir alojamientos estrechos para reducir gastos, mientras los adultos luchan ante la imposibilidad de trabajar legalmente. La consiguiente presión económica puede derivar en deudas, dependencia o condiciones laborales de explotación.
Para familias como la de la señora Mastora, el temor a la persecución se suma a la angustia por la incertidumbre de su estatus legal en Pakistán. Las recientes campañas de deportación de migrantes irregulares han generado una ansiedad generalizada entre los refugiados afganos, incluso aquellos registrados en el ACNUR pero que carecen de protección a largo plazo. Muchos viven con el miedo constante a ser arrestados, detenidos o repatriados a la fuerza, porque no tienen la seguridad de que sus documentos serán reconocidos en los controles o durante las operaciones policiales.
Para los cristianos afganos, en particular, la deportación tendría consecuencias existenciales: volver a Afganistán bajo el régimen talibán los expondría a graves persecuciones, la cárcel o algo peor, a causa de su fe. Las familias cuentan que limitan sus desplazamientos, mantienen a sus hijos en casa y evitan hospitales, escuelas y oficinas públicas para reducir el riesgo de ser detectados.
Las mujeres y las niñas se ven expuestas además a otros riesgos, como el aislamiento social y mayores riesgos de seguridad. En algunos casos, las viudas o las mujeres separadas de sus parientes varones deben desenvolverse solas en entornos urbanos desconocidos al tiempo que proveen a las necesidades de sus hijos. La imposibilidad de contar con redes familiares extensas, pilar del apoyo social en la sociedad afgana, acentúa la sensación de desarraigo.
El sufrimiento psicológico es generalizado. Los trabajadores humanitarios reportan síntomas de ansiedad crónica, insomnio y depresión entre los refugiados que han sufrido persecución y ahora enfrentan un futuro incierto. Para muchos de ellos, la imposibilidad de hacer planes siquiera para los próximos meses crea la sensación de que la vida está en suspenso.
En medio de estas dificultades, las comunidades unidas por la religión se convierten a menudo en sistemas informales de apoyo. Para la señora Mastora, la iglesia cercana representa un frágil sentido de pertenencia. Cuando puede, asiste discretamente y allí encuentra fuerza en la oración y la presencia de otros creyentes. Las instituciones religiosas han desempeñado históricamente un papel silencioso pero vital en Pakistán en la asistencia a migrantes vulnerables, ofreciendo alimentos, asesoramiento y apoyo espiritual allí donde las estructuras oficiales no llegan.
Pakistán ha acogido a millones de afganos durante más de cuatro décadas, a menudo con un apoyo internacional limitado. Sin embargo, los observadores destacan que los grupos más pequeños con vulnerabilidades específicas, como las minorías religiosas, necesitan un apoyo específico y procedimientos de reasentamiento acelerados, porque el regreso a Afganistán — que Islamabad sigue buscando — no constituye una opción segura ni viable.
Al caer la tarde sobre Islamabad, las luces de la iglesia brillan suavemente y se pueden ver desde las calles de los alrededores. Las familias entran a rezar, los niños permanecen en el patio y los sonidos de la vida cotidiana continúan, en contraste con la silenciosa incertidumbre en la que viven los refugiados como la señora Mastora. “No quiero esconderme para siempre — dice —. Quiero que mis hijos, y todas las familias como la nuestra, crezcan sin miedo”.
Lo que pide no es solo algo personal. Da voz a una comunidad de cristianos afganos desplazados que viven en Pakistán, cuyas historias permanecen en gran parte ignoradas y sus penurias se consuman tras puertas cerradas y cortinas corridas. Para ellos, la seguridad no es simplemente la ausencia de violencia; es obtener reconocimiento, protección legal y la posibilidad de un futuro que vaya más allá de la mera supervivencia.
Hasta entonces, familias como la de la señora Mastora siguen esperando, con la esperanza de que el mundo las vea antes de que su resiliencia se rinda a la desesperación.
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