La Pascua de los mártires de la Rusia soviética
Una plataforma rusa en línea transmite estos días una serie de documentales titulados la “Palabra viva”, dedicados a grandes figuras de la ortodoxia asesinadas durante los años posteriores a la revolución bolchevique. Se trata de personas que recuerdan que se puede dar la vida por ideales que unen la fe religiosa, la caridad evangélica y el amor por la patria, no para destruir al enemigo, sino para construir un mundo nuevo.
El martirio es el mensaje central de la Pascua, que celebra la muerte y la resurrección de Cristo, y en estos años de guerra sanguinaria y religiosa entre Oriente y Occidente, desde Rusia hasta Estados Unidos pasando por Ucrania y Medio Oriente hasta Tierra Santa, el número de víctimas inocentes ya resulta imposible de calcular. En la época en que vivimos, el “martirio” ha sido reemplazado por el “genocidio”, sustituyendo el testimonio de quienes entregan la vida por la fe por el de masas anónimas identificadas por la etnia, la lengua o los “valores tradicionales” supuestamente ultrajados por los enemigos. Estos adversarios son señalados de manera especular por todas las partes implicadas en los conflictos híbridos y bélicos en curso, y proyectados también en las tragedias de la historia pasada, que hoy se reescribe según los nuevos cánones político-ideológicos.
Una de las iniciativas más llamativas en este sentido ha sido la sustitución del “Museo del Gulag”, fundado en Moscú en 2001 por supervivientes de los campos de concentración soviéticos, por el “Museo de las víctimas del genocidio nazi contra el pueblo soviético”. La versión anterior ofrecía testimonios de personas que estuvieron en la “picadora de carne” estalinista, además de las estadísticas oficiales sobre la represión de los años treinta, mientras que el nuevo museo se enfoca exclusivamente en el heroísmo de la resistencia a la invasión de la Operación Barbarroja, ordenada por Hitler en 1941 y rechazada con el sacrificio de millones de personas, desde Stalingrado hasta Leningrado y la Ucrania soviética.
Esta retórica de la Victoria se convierte en el nuevo anuncio del renacimiento de Rusia frente al Anticristo occidental, eje de la motivación fundamental de la guerra que comenzó Putin hace más de cuatro años contra Ucrania como un paso hacia el Apocalipsis definitivo del Mundo Ruso contra todos los demonios desplegados en todo el universo. Este enfrentamiento llega hoy incluso hasta las inmediaciones de la Luna con la nueva misión estadounidense Artemis II, que los rusos desearían, en cambio, reivindicar como “Luna rusa” (y también bastante china).
Por eso llama la atención una propuesta televisiva que rescata la memoria de las víctimas soviéticas, precisamente en estos días de conmemoración del martirio cristiano. El 5 de abril, día en que coinciden la Pascua católica y el Domingo de Ramos ortodoxo, la plataforma rusa en línea Okko estrenó una serie de documentales titulada Živoe Slovo, “Palabra Viva”, dedicada a los mártires y confesores de los años posteriores a la revolución bolchevique. Son cuatro episodios sobre “vidas de santos rusos del siglo XX” que se mantuvieron fieles a los ideales cristianos en los años de la persecución atea. Aunque ellos son importantes para la propaganda patriótica de la superioridad de la “verdadera fe” rusa, sin duda no fueron protagonistas voluntarios, y sus historias ayudan a recordar que la santidad en Rusia es mucho más que el orgullo político-religioso.
Se transmitirán las historias del mártir misionero Nikolaj Varžanskij, con el título “Me voy a la eternidad”; del sacerdote mártir Roman (Medved), “Buscar siempre la perfección”; de la mártir Tatiana Grimblit, “Quisiera ofrecerte mi vida” y del obispo mártir Faddej (Uspenskij), “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Sus historias se desarrollan en todo el territorio de Rusia, desde Petrozavodsk hasta Tomsk, pasando por Sebastopol y Perm, con más de veinte horas de entrevistas a historiadores, investigadores y miembros del clero ortodoxo. El proyecto se basa en valioso material de archivo, documentos y crónicas cinematográficas, e incluye diferentes opciones escenográficas, como la reproducción de las homilías de Faddej en forma de discurso directo del arzobispo, sin añadir otras palabras. La producción ha contado con el apoyo del Fondo Presidencial para las iniciativas culturales y ha reunido a un grupo de jóvenes directores y compositores bajo la supervisión del archimandrita ortodoxo Damaskin (Orlovskij), miembro de la Comisión Sinodal para la Canonizaciones de los Santos.
Nikolaj Varžanskij nació en 1881 en Volinia, región occidental de Ucrania, y realizó sus estudios de seminario en la Academia Teológica de Moscú. Concluyó en 1907 con una tesis sobre la relación entre la teología ortodoxa y la latina, en la que retoma el legado del gran teólogo Petro Mogila de principios del siglo XVII, uno de los fundadores espirituales de Ucrania. Ese mismo año se casó con Zinaida Neofitova, hija de otro sacerdote que luego fue fusilado junto con él por los soviéticos en 1918, el conocido misionero y predicador Neofit Ljubimov. Varžanskij colaboró con su suegro en la labor misionera de formación cristiana del pueblo, y en 1910 había publicado un «Catecismo ortodoxo antisectario», que tuvo una grandísima difusión y que hoy resulta sumamente actual, cuando fuera de la pertenencia formal a la Iglesia ortodoxa, una gran parte de la población rusa recurre a las deidades paganas de los antiguos eslavos.
El sacerdote Roman (Medved), nacido en 1874, era un hijo espiritual del santo Ioann Kronštadskij, el “Don Bosco” ruso que a principios del siglo XX se dedicaba a ayudar a los pobres y a los jóvenes, proponiendo una versión social y políticamente activa de la Ortodoxia predicando desde su isla de Kronštadt frente al puerto de San Petersburgo. Tras ser ordenado sacerdote en 1901, el padre Roman ejerció su ministerio en la capital imperial y luego en Sebastopol, en Crimea, como capellán de los marineros rusos. En 1918 fundó en Moscú una comunidad muy ferviente, y aunque trató de mostrar su lealtad al nuevo régimen, fue detenido en 1931, al comienzo del terror estalinista, y condenado a 10 años de lager. Fue liberado en graves condiciones de salud en 1936, pero al año siguiente quisieron arrestarlo de nuevo, ya a las puertas de la muerte, que se produjo el 8 de septiembre de 1937. Sus restos fueron expuestos en 1999, en vísperas del Jubileo, en la iglesia moscovita de la Protección de la Madre de Dios en la colina Liščikovaja, sobre las orillas del río Moscova.
Tatiana Grimblit nació en 1903 en la ciudad siberiana de Tomsk. Con apenas 17 años perdió a su padre y comenzó a trabajar en una colonia para niños. Educada con un profundo espíritu cristiano, quiso dedicar todas sus fuerzas al amor al prójimo. En 1920 concluyó en Siberia la guerra civil entre el Ejército Rojo y el Blanco, y comenzaron las represiones con arrestos y detenciones. Ella decidió entregar todos sus bienes y lo que recaudaba en las iglesias de Tomsk para alimentar a los detenidos en la prisión de la ciudad, tratando de llegar a acuerdos con los guardias. Por esa actividad caritativa fue arrestada varias veces, acusada de “propaganda antisoviética para ayudar a elementos contrarrevolucionarios”. La Troika del NKVD, el tribunal sumario de la policía política, la condenó a ser fusilada, lo que se cumplió el 23 de septiembre de 1937 en el polígono de Butovo a las afueras de Moscú, hoy lugar de memoria de los mártires de la época revolucionaria.
El arzobispo Faddej (Uspenskij), nació en 1872 en la región de Nizhni Nóvgorod y también fue cercano al santo Ioann Kronštadskij, a quien conoció cuando era seminarista en la Academia teológica de Moscú. Allí se convirtió en hijo espiritual del starets German, quien vivía en un skit, una ermita junto a la Lavra de San Sergio de Radonezh. En 1908 fue nombrado obispo de Volinia, donde conservó las severas costumbres monásticas. Fue arrestado en 1922, después de haber atravesado la tormenta revolucionaria viajando entre Ucrania y el Cáucaso para asistir a los fieles hasta Vladikavkaz. Fue muy cercano al patriarca Tikhon (Bellavin), elegido en el Concilio de 1917 como baluarte de la Iglesia contra el ateísmo revolucionario, entrando y saliendo de las prisiones y recorriendo las diócesis que habían quedado sin pastores. Hasta que fue detenido nuevamente en Tver, al norte de Moscú, en 1937 acusado de dirigir una “asociación monárquico-eclesiástica”, y fusilado el 31 de diciembre de ese año; sus restos se veneran en la catedral de la Ascensión, en Tver.
Estos y muchos otros mártires ortodoxos rusos nos recuerdan que verdaderamente es posible dar la vida por ideales que unen la fe religiosa, la caridad evangélica y el amor a la patria, no para destruir al enemigo, sino para construir un mundo nuevo. Su vida no es propaganda, sino testimonio de una fuerza más grande que cualquier enemistad e ideología, y de su sangre podemos esperar que nazca una Iglesia renovada, un pueblo purificado, una Rusia verdaderamente cristiana.
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