24/12/2022, 10.34
MUNDO RUSO
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Rusia, sin ‘Christmas’

de Stefano Caprio

En los treinta años post soviéticos, la Navidad solía desdoblarse: se aceptaba el 25 de diciembre del calendario gregoriano, sin que éste entrara en conflicto con el 7 de enero del calendario juliano de la Iglesia ortodoxa. Sin embargo, con la guerra, los cristianos han vuelto a enfrentarse por las fechas del calendario litúrgico. Y entonces recuerdo cómo se superó el primer cisma del siglo II gracias a Ireneo, un santo de Asia que fue a predicar a la Galia, inaugurando el encuentro de las almas y las grandes corrientes de la espiritualidad cristiana.

La Navidad de 2022 llega tras más de 300 días de guerra en Ucrania. En Rusia, se presenta con un ropaje sumamente desaliñado y andrajoso, como aquel verde sucio del Abuelo Escarcha (Ded Moroz) que nos devuelve a la antigua tradición eslava pagana. Es él quien ha tomado el lugar del flamante Santa Claus anglosajón vestido de rojo por obra y gracia de Coca-Cola y aborrecido al igual que todos los "falsos valores de Occidente". Ciertamente, no habrá rastro de pesebres latinos, salvo en algún rincón de las parroquias católicas atemorizadas, esparcidas por el vasto territorio del imperio en guerra contra el mundo.

En las tres décadas posteriores a la era soviética, la Navidad solía desdoblarse: se aceptaba el 25 de diciembre del calendario gregoriano, sin que éste entrara en conflicto con el 7 de enero del calendario juliano de la Iglesia ortodoxa. Pero no se trataba de una apertura ecuménica, sino de una invasión comercial de numerosas y gigantescas tiendas en Moscú y en las principales ciudades. Hoy, sin embargo, estos lugares lucen casi desiertos debido a la huida de las empresas extranjeras -cuando no son destruidos por los incendios, cada vez más frecuentes, debido a un mantenimiento deficiente o tal vez a la damnatio memoriae. Ya no están Ikea, Auchan, Carrefour, Obi y Bricofer, ya no están los accesorios y eslóganes más vacuos y azucarados, que desde el mes de noviembre se bombardean en todas las latitudes. La Navidad, después de todo, es la fiesta del intercambio de regalos y buenos deseos. Así ha sido desde su institución en la antigua Roma imperial, y también en la era cristiana -aunque con funciones incluso anticristianas- y más tarde fue adoptada por los cristianos con una visión anti-imperial.

Los cristianos de Oriente, de Alejandría y Antioquía, en los primeros siglos no asumieron inmediatamente esta transformación, pues eran más refractarios a la fusión romano-cristiana.  Celebraban la Navidad el 6 de enero, fiesta que más tarde se codificó como Epifanía. Sin embargo, en sus inicios, la fiesta se llamaba Teofanía, misterio de todas las manifestaciones divinas en la Encarnación, la Adoración de los Magos y el Bautismo de Jesús, el acontecimiento que expresa la naturaleza divina de Cristo ante las naciones. 

Estas fechas se alinearon históricamente de diferentes maneras, y los ortodoxos complicaron aún más la confrontación cronológica al rechazar el calendario papal de 1582. Fueron justamente los rusos -que proclamaron el patriarcado de Moscú siete años más tarde- quienes se alzaron contra el intento romano de subyugar al mundo entero también en la numeración de los días. Y, desde entonces, la distancia se ha mantenido no sólo para la Navidad y todas las fiestas litúrgicas, sino también en dimensiones más amplias del espíritu y la conciencia histórica. A modo de ejemplo, basta mencionar que la "Revolución de Octubre" tuvo lugar realmente el 7 de noviembre, cuando el antiguo calendario no contemplaba el retraso de casi dos semanas.

Al salir de las brumas soviéticas -donde se ensalzaba el Año Nuevo sin religión, pero con mucho folclore pagano- los rusos adoptaron con gusto la celebración de la "Navidad" occidental, Krizmes en su versión rusa. Y después de los estruendos de Nochevieja se dedicaban a esperar la Navidad ortodoxa del 7 de enero. Con este baile de fechas, el "Antiguo Año Nuevo" (Staryj Novyj God) se movió al 14 de enero, y la Epifanía se celebra solemnemente el 19. Es la fiesta del Kreščenie, el Bautismo del Señor, que en Rusia asume la experiencia de la ortodoxia "extrema": sumergiéndose en el Iordan, la abertura en forma de cruz en los lagos helados, en recuerdo de la inmersión de Cristo en el Jordán. El Presidente Putin siempre figura entre los primeros que lucen sus bermudas -a pesar de los 20 grados bajo cero- y se sumergen en la sagrada piscina de la identidad rusa: el Gran Hielo Bautismal, el Kreščenskye Morozi que ningún otro pueblo es capaz de practicar.

Ahora el hielo no solo expone el orgullo devoto en toda su dimensión, sino también el estado dramático de la guerra impulsada por los rusos contra Ucrania y todo Occidente. En el frente de guerra, en Bajmut, la Navidad y el Año Nuevo se celebran en los sótanos y refugios, donde se instalan los Elke (árboles de Navidad) y todos los símbolos cristianos de Oriente y Occidente, los pesebres y los iconos. Los líderes rusos desean que todo el mundo occidental experimente "el invierno más frío de la historia". No obstante, hasta ahora, la meteorología parece estar del lado de Biden y Zelenskyj, quienes acaban de intercambiar afectuosos saludos acompañados de regalos -misiles Patriot- generando más y más rencor en el Kremlin.

Además, en Rusia también caen las heladas y el frío llega a los hogares, donde no hay calefacción por consecuencias siempre ligadas a la guerra -desde la escasez de energía hasta la falta de técnicos y turnos de mantenimiento, todos abocados a las operaciones de guerra. Las grandes escenografías del Año Nuevo tomadas del pasado soviético también se centran en la retórica del enfrentamiento apocalíptico con Occidente. Muchos gobernadores han cancelado o reducido los gastos de estos días, o bien decidieron donar las colectas de los ciudadanos -productos y regalos-  a los soldados enviados a combatir en el frente. No existe una "tregua navideña" como la de 1914 -entre británicos y alemanes- en la Primera Guerra Mundial. Más bien se teme una "ofensiva de Navidad": para obtener la Victoria en lugar de la Teofanía, en una sustitución mística del Niño por el Pueblo.

Así como José y María se trasladaron a Belén con motivo del censo de Augusto -que pretendía convertir al mundo entero en sede de la única Roma-  hoy son los refugiados ucranianos y los inmigrantes asiáticos y africanos los que tienen el deber de registrarse conforme a la identidad del nuevo imperio. Por lo tanto, en Rusia, el gobierno ha decidido exigir a todos los refugiados ucranianos o desplazados por la fuerza que destruyan sus documentos, reemplazando el Tridente de Kiev con el Águila de Moscú. Cualquiera que posea documentos o credenciales con símbolos ucranianos, en caso de ser descubierto, podría ser condenado a entre 8 y 15 años de prisión, aunque solo sea por conservar los viejos mapas que muestran a Crimea como parte de Ucrania. El Pueblo Santo es uno, las identidades se resumen en la de la Gran Rusia, como en la época de los Césares y los Zares.

El águila bicéfala que distingue la bandera de Rusia es en realidad una herencia de la Roma imperial. Fue adoptada por los rusos que soñaron con la Tercera Roma, pero también por los Habsburgo, los serbios, los armenios e incluso los indios. Fue el primer emperador cristiano, Constantino el Grande, quien imaginó al águila del poder mirando hacia Oriente y Occidente, hacia Asia y Europa, en la nueva división del imperio tras la fundación de Constantinopla, la Segunda Roma.

Los príncipes de Moscú que anhelaban convertirse en César la recibieron como regalo de una princesa bizantina, Sofia Paleologa, que a finales del siglo XV había sido enviada a Moscú por el Papa Pablo II, con la vana ilusión de convertir al catolicismo al Gran Duque Iván III. Desde entonces, la reivindicación moscovita de translatio imperii ha conocido muchas formas, siempre selladas por el águila imperial -sustituida durante algunas décadas por la hoz y el martillo, símbolos de la religión comunista y estalinista.

Por todas estas razones, en 1992 Ucrania decidió proclamar su independencia, afirmando por primera vez una conciencia nacional, un símbolo que remarcaba una concepción diferente del "mundo ruso" , en versión occidental.

El escudo de armas de Ucrania pasó a ser el Trizub, el Tridente atribuido al príncipe Vladimir -quien bautizó a la Rus de Kiev en el año 988- y a toda la línea de monarcas Rjurikid, descendientes del mítico Varangian Rjurik, verdadero fundador de las tierras rusas. Esta dinastía culminó tras los delirios de grandeza de Iván el Terrible a finales del siglo XVI, con el reinado de Boris Godunov que allanó el camino a los Romanov, los zares rusificantes tan odiados por los ucranianos y tan exaltados por Putin. Con la guerra "de los pasaportes" se asistirá a la sustitución de los símbolos, para que no quede ningún rastro de recuerdos heréticos y "satánicos", que podrían opacar el nuevo culto que "salvará al mundo".

En Ucrania, en cambio, la Iglesia Ortodoxa Autocéfala del metropolitano Epifanyj ha decidido oficialmente que todas las comunidades locales podrán optar en qué fecha celebrar la Navidad (Rizdvo en lengua ucraniana): el 25 de diciembre o el 7 de enero, dependiendo de sus tradiciones y costumbres y la sensibilidad de los sacerdotes y feligreses. El tema fue una discusión permanente desde la entrega de Tomos de autonomía eclesiástica por  parte del patriarca Bartolomé de Constantinopla, quien a su vez declaró que estaba dispuesto a acordar el calendario navideño y pascual con el Papa de Roma, para superar las divisiones del pasado.

Los cristianos se han estado peleando por las fechas del calendario litúrgico desde los tiempos apostólicos. El primer cisma fue superado por San Ireneo de Lyon en el siglo II. Él convenció al Papa de no excomulgar a nadie que quisiera celebrar la Pascua antes o después de las fechas establecidas conforme a las tradiciones judía y judeocristiana. El santo era originario de Asia y fue a predicar a la Galia, inaugurando el encuentro de las almas y las grandes corrientes de la espiritualidad cristiana, redescubriendo el milagro de un niño que llegó a Belén procedente de Galilea. La Sagrada Familia viajó desde la tierra de los paganos a la de la casa de David, sin águilas ni lanzas de tres puntas, calentándose en el frío gracias al "aliento pagano" del burro (símbolo de los gentiles, según Ireneo) y el "aliento ortodoxo" del buey, y Jesús devino símbolo encarnado de la paz entre todos los pueblos.

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