11/03/2021, 13.39
SIRIA
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Vicario de Alepo: la guerra y las sanciones han destruido el mosaico sirio

En el décimo aniversario del inicio del conflicto, Mons. Abu Khazen habla de una nación "desgarrada" y de un pueblo "en condiciones de pobreza y desesperación". Pese a ser un país rico en gas, trigo y petróleo, las familias viven con 30 dólares al mes. La ayuda de la Iglesia y de las ONG es fundamental. El Papa en Irak, una fuente de esperanza.

Alepo (AsiaNews) - Siria es “una nación desgarrada, hecha pedazos, a la que le falta un poco de todo y donde la gente vive en condiciones de extrema pobreza y creciente desesperación".  Este es el grito de alarma que lanza a AsiaNews el vicario apostólico de Alepo de los latinos, monseñor Georges Abou Khazen. El prelado comenta que la población "hubiera deseado celebrar, no el aniversario de la guerra", al cumplirse 10 años de su inicio, sino "el aniversario de la paz y la reconciliación. Sin embargo, todo marcha hacia atrás". Además, las sanciones internacionales y el Caesar Act (la Ley del César) impuesta por Estados Unidos "han contribuido a empeorar la situación". 

Desde hace algún tiempo", dice Mons. Abu Khazen, "ya no distribuye combustible entre las familias. De hecho, son poquísimas las que han recibido 100 litros y luego se agotaron las reservas. Ahora también han dejado de distribuir gas de cocina, y para disponer de él hay que esperar hasta 60 días. Para 20 litros de gasolina hay que hacer dos días de cola en la gasolinera, abandonando el coche mientras esperas llenar el tanque. Además, hay que hacer largas colas -incluso de horas- para comprar pan a un precio reducido". 

"Si no vives esto en carne propia, es imposible imaginar las dificultades que la pobre gente se ve obligada a soportar" denuncia el Vicario Apostólico de Alepo. "Incluso la electricidad ha disminuido y el suministro funciona como mucho una o dos horas al día. Esta es la situación que se vive en todo el país: Siria es rica en petróleo, gas y trigo, pero no puede beneficiarse de todo ello, porque todo le ha sido expropiado". 

El conflicto estalló en marzo de 2011 como un levantamiento popular, mientras se desplegaban las revueltas callejeras de la Primavera Árabe, en las que participaron algunas naciones del norte de África y del Oriente Medio. Esto que comenzó como un enfrentamiento interno, se convirtió luego en la peor guerra de poder entre potencias rivales del siglo XXI, a la que se sumaron las derivas yihadistas que han ensangrentado aún más el país. En nueve años ha habido casi 400.000 víctimas, decenas de ciudades han sido arrasadas y la mitad de la población tuvo que desplazarse a otro lugar del país o huir y buscar refugio en el exterior. 

El prelado recuerda cómo era Siria antes de la guerra: "un país que atravesaba un enorme proceso de desarrollo, una tierra de paz, de convivencia, un hermoso mosaico, un lugar seguro donde se podía ir a todas partes. Incluso las jóvenes podían salir de casa tranquilamente a la una de la madrugada, coger un taxi y desplazarse sin ningún problema". La gente, continúa, "aún recuerda cómo era antes, pero a medida que pasa el tiempo va perdiendo la esperanza" de volver a las glorias de antaño. "Y luego están los refugiados, cada vez hay más gente que dice que se equivocó al quedarse en Siria y esto es un indicio de la desconfianza y la desesperación generalizada de esta pobre gente". 

Lo que más falta, dice el vicario de Alepo, "son los elementos más elementales de la vida cotidiana: gas, gasolina, pan... ¡paz! La gente no tiene grandes exigencias, sólo se preocupa por sobrevivir, trata de arreglárselas con un dólar -que antes valía 50 libras y ahora, 4.000 - mientras que el sueldo sigue siendo el mismo. Esto significa que la mayoría de las familias se ven obligadas a vivir con 30 dólares al mes, por debajo de la línea de pobreza. Sin la ayuda de varias ONG y de la Iglesia la gente se moriría de hambre". A esto se añaden "la destrucción, el colapso de las infraestructuras, el éxodo de refugiados de una nación que ha perdido a la mitad de su población, y las minorías, que sufren al no ver la luz al final de este túnel"

En este drama, "no queremos que se acabe la esperanza; tenemos que mantenerla viva", dice Mons. Abu Khazen. Y esto, aún cuando persista una desconfianza generalizada "por un camino que no marcha en dirección a la paz y que se complica por los intereses contrapuestos" de los distintos actores en juego: estadounidenses, rusos, turcos, kurdos, árabes. "En este contexto", añade, "quienes corren el riesgo de pagar un precio muy alto son los cristianos, que siempre han sido un factor de unidad y diálogo, mientras que Siria se ve empujada cada vez más rápido hacia la partición, hacia una división que ninguno de nosotros desea y que tendría efectos devastadores". Pero queremos que el país siga unido". "Uno de los pocos elementos que nos dan fuerza -concluye- es la cercanía que ha mostrado en los últimos años el Papa Francisco, cuyas oraciones han sido siempre un elemento de alegría y cohesión. Su viaje a Irak también nos ha infundido una gran esperanza. Esperamos que un día pueda venir aquí, a Siria, y ser testigo de la paz para celebrar un aniversario que no sea de guerra, sino de verdadera reconciliación".

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