26/05/2026, 15.28
CHINA
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¿Qué teme una sociedad que prohíbe a los menores entrar a una iglesia?

de un sacerdote desde China

Publicamos la carta de un sacerdote que vive en la República Popular China sobre las "regulaciones administrativas" que impiden a los menores de 18 años participar en actividades religiosas. "La Constitución china afirma el derecho a la libertad religiosa para los ciudadanos, sin especificar que sean mayores de edad. Sin embargo, hoy en día los menores pueden entrar solos a un centro comercial, pero no a una iglesia. Mientras tanto, debatimos sobre la depresión adolescente, el acoso escolar y el vacío de valores".

Milán (AsiaNews) - “Que la intercesión de la Reina del Cielo obtenga para la comunidad creyente en China la gracia de la unidad y dé a todos la fuerza para dar testimonio del Evangelio en sus luchas diarias, para ser semilla de esperanza y de paz”. Con esta intención, León XIV —el domingo pasado en el Regina Caeli— invitaba a vivir la Jornada de oración por la Iglesia en China, en la fiesta de María Auxiliadora que se venera en el santuario de Sheshan. Uno de los desafíos que los católicos chinos están viviendo actualmente en este camino es la aplicación cada vez más estricta de la prohibición impuesta por las autoridades a la participación de los menores en las actividades religiosas. Esta restricción se aplica a todas las confesiones y se presenta como un “procedimiento administrativo de protección”, que de hecho constituye, en cambio, una grave violación de la libertad religiosa y un evidente obstáculo para el testimonio cristiano. Sobre este tema publicamos a continuación una reflexión que ha llegado a AsiaNews, escrita por un sacerdote que vive en la República Popular China.

Hay algo que nunca he podido comprender. Hoy en día un menor puede entrar a los centros comerciales, puede ver videos cortos hasta altas horas de la noche o acceder a todo tipo de información caótica en internet; incluso en muchos lugares de entretenimiento nadie logra impedir realmente que ingresen. Y sin embargo, cuando un niño quiere entrar a una iglesia, se encuentra con un cartel que dice: “Prohibida la entrada a los menores”. Realmente me gustaría hacer una pregunta: un niño que se sienta tranquilamente en la iglesia, ¿a quién podría amenazar?

Muchos definen esto como una “medida de gestión normal”. Pero el problema es precisamente ése: la gestión no se puede transformar en la privación de derechos fundamentales. Un niño tal vez solo acompaña a sus padres a la misa; tal vez solo quiere escuchar los himnos sagrados; tal vez solo quiere echar un vistazo a la Biblia; o quizás simplemente quiere sentarse un rato en silencio en la iglesia. ¿Qué tiene eso de peligroso?

Lo que realmente merece vigilancia no es el hecho de que los niños entren en contacto con la fe. Lo que realmente merece vigilancia es que una sociedad empiece a tener miedo de que los niños entren en contacto con lo verdadero, lo bueno y lo bello.

Pero por el momento no hablemos de religión, sino solo de leyes.

Según el artículo 36 de la Constitución de la República Popular China: los ciudadanos gozan de libertad de creencia religiosa. Nótese bien: la ley dice “ciudadanos”. No dice: “ciudadanos mayores de 18 años”.

Un menor es ante todo un “ciudadano”, y solo después un “menor”. Ellos también, según la ley, gozan por igual de la dignidad personal, del crecimiento espiritual, del acceso a la cultura y de los derechos fundamentales.

Si a un niño ni siquiera se le permite entrar a un edificio religioso, entonces díganme: ¿quién respetará su mundo espiritual?

Hoy en día muchísimas personas debaten sobre la depresión adolescente, la ansiedad, el acoso escolar, el vacío espiritual y la confusión de valores.

Pero por otro lado, aquellos lugares que originalmente podrían ayudar a las personas a encontrar la calma, a aprender el amor y el perdón, a aprender el respeto por la vida, a aprender la moderación y la bondad —las iglesias— en ciertos casos se cierran directamente ante los niños.

¿No es una contradicción?

Por una parte nos preocupamos porque “los niños no tienen fuerza espiritual”. Pero por la otra les decimos: “No pueden entrar en contacto con el mundo espiritual”.

Una sociedad realmente madura y segura de sí misma nunca tendrá miedo de que los jóvenes reflexionen sobre preguntas como: ¿por qué vale la pena vivir?, ¿qué es la verdad?, ¿qué son el bien y el mal?, ¿a qué se le llama conciencia?

Porque todas las grandes civilizaciones comprenden que el verdadero futuro de una nación no depende solo de los rascacielos, no depende solo de la economía, sino que depende mucho más de que las nuevas generaciones tengan o no un alma, tengan o no el sentido de lo sagrado, tengan o no un sentido de los valores.

Si una sociedad permite que los niños se sumerjan en el consumismo, permite que los niños se sumerjan en el entretenimiento, pero solo tiene miedo de que los niños entren en contacto con la fe y con el significado, entonces el verdadero problema probablemente ya no sean los “niños”.

Por supuesto que comprendemos las preocupaciones de gestión de la realidad. No imponer actividades religiosas, no realizar adoctrinamiento extremo, no explotar a los menores. Todo esto debe tomarse en serio.

Pero “evitar la imposición” y “prohibir la entrada a la iglesia” son dos cosas completamente diferentes.

No se puede, por miedo al “adoctrinamiento”, privar al mismo tiempo a los niños de la posibilidad de entrar en contacto con la fe, de conocer la cultura religiosa y de acompañar a sus padres en el culto.

El verdadero nivel de civilización de una sociedad no se mide por la cantidad de rascacielos que posee. Se mide precisamente por esto: cuando un niño comienza a buscar un significado, ¿esta sociedad está dispuesta a abrirle una puerta o se apresura a cerrarla?

Porque lo realmente peligroso nunca es que los niños entren a la iglesia. Lo que es realmente peligroso es una época que comienza sistemáticamente a cortar a los niños la posibilidad de entrar en contacto con lo verdadero, lo bueno y lo bello.

Si un día incluso un niño que se sienta tranquilamente en la iglesia provocara “inquietud”, entonces sobre lo que realmente deberíamos reflexionar tal vez ya no sería sobre los niños, sino sobre esta misma época.

 

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