08/09/2021, 13.27
AFGANISTÁN-IRÁN
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El gobierno talibán no es como la República Islámica

de Alessandra De Poli

El régimen iraní es chií, mientras que el Emirato Islámico de Afganistán se remite al mundo suní. En el nuevo Ejecutivo, todos los líderes talibanes han obtenido un cargo. Sin embargo, sigue existiendo una dicotomía entre los pastunes de las ciudades y los rurales, que viven en las provincias cercanas a las fronteras, explica Riccardo Redaelli, profesor de geopolítica en la Universidad Católica de Milán.

Milán (AsiaNews) - No tiene sentido comparar el "nuevo" gobierno talibán con el de la República Islámica de Irán. Aunque los talibanes han dicho que se inspiran en la jumhūriya islāmiya jomeinista (ex archienemigo de Afganistán), "desde el punto de vista de la doctrina, la comparación no se sostiene", explica Riccardo Redaelli, profesor de geopolítica en la Universidad Católica de Milán. El académico ha estado varias veces en Afganistán con la misión Isaf de la OTAN.

"En el mundo chií hay una división entre el poder político y el religioso. El clero chií está jerarquizado, hay grados de crecimiento y el grado más alto lo ocupa el marjaʿ al-taqlīd', que en sentido literal significa 'fuente de imitación' y es la figura con más autoridad doctrinal. El marjaʿ al-taqlīd guía a la comunidad de creyentes mientras esperan el regreso del Mahdi, el Imam oculto que volverá para salvar al mundo. "Este sistema, máxima expresión del chiismo, funciona en Irán porque el rahbar, el Guía Supremo, que hoy es Alí Jamenei, dirige la República Islámica a la espera del regreso del Mahdi", continúa Redaelli. "El emir, en cambio, es único, no hay un desdoblamiento de la teología, la doctrina o la gestión política de los asuntos. Si así fuera, sería una gran innovación para el mundo suní", explica el profesor, que trabajó en la frontera entre Irán, Pakistán y Afganistán en los años 90.

El mulá Haibatullah Akhunzada, líder de los talibanes desde 2016, es el jefe de Estado del Emirato Islámico de Afganistán. Su título es "comandante de los fieles" (ʾamīr al-muʾminīn), pero no es solo un líder espiritual. Ha propuesto como primer ministro a Muhammad Hassan Akhund, que figura en la lista de terroristas de la ONU. Por otro lado, Abdul Ghani Baradar, la mano derecha del mulá Omar (el fundador de los talibanes), y de quien se pensaba iba a ocupar un puesto destacado, será viceprimer ministro. El hijo del mulá Omar, el mulá Yaqub, será ministro de Defensa, y el Ministerio del Interior quedó en manos de Sirajuddin Haqqani, sobre cuya cabeza hay una recompensa de 10 millones de dólares. Es hijo del difunto líder islamista Jalaluddin. Quizás no sean los mismos personajes de los años 90, pero son sus herederos. 

"La red Haqqani ideó la mayoría de los atentados ocurridos en Afganistán en los últimos 20 años”, señala Redaelli. “¿Cómo es posible esperar que formen un gobierno moderado?". Tampoco es un gobierno inclusivo. "La loya jirga podría haberse aplicado en el emirato, pero aún así no habría resuelto la cuestión de la forma de gobierno". La loya jirga es una gran asamblea de notables, tradicionalmente pastunes, pero en los últimos años también ha incluido a representantes de otros grupos étnicos afganos. 

Aunque todos los líderes talibanes han obtenido un cargo en el gobierno, sigue habiendo divisiones internas. Estas no se refieren tanto a las ciudades - la capital Kabul y Kandahar, el centro histórico del poder pastún- sino a discrepancias en el seno de un mismo grupo tribal. "La dicotomía no se encuentra fundamentalmente entre estos dos centros de poder, sino dentro de los propios pastunes -entre los urbanizados y los rurales, que viven cerca de las fronteras y son más tradicionalistas", continúa el profesor. Y es una dualidad histórica. "En Afganistán, suele decirse que los Durrani tienen la corona, pero los Ghilzai tienen el rifle". Los Ghilzai (o Ghilji) son el grupo étnico pastún más numeroso, y mantuvieron el poder hasta que la dinastía Durrani fundó el Afganistán moderno en 1747.

Por estas razones, es difícil imaginar que el nuevo gobierno pueda ejercer un control estricto sobre las provincias. Lejos de Kabul, la violencia está a la orden del día. "Sabemos que a cada guerrillero talibán se le ha prometido una mujer en matrimonio. Ahora que han llegado al poder, las tribus rurales se sentirán con derecho a hacer lo que quieran", dice Redaelli. Los perdedores serán (como siempre) los habitantes, la población. Sin la ayuda occidental, la crisis humanitaria podría volverse dramática. Pero, sobre todo, "los talibanes no caerán porque la gente se muera de hambre, a menos que la situación degenere hasta el punto de que estallen protestas y manifestaciones. Sin embargo, los talibanes siempre han aplastado las revueltas”.

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