17/01/2026, 15.10
MUNDO RUSO
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El ‘Viejo Año Nuevo’ de una Rusia ‘congelada en la guerra’

de Stefano Caprio

El Golem atrapado en el fango pantanoso del “servir, rezar y parir”. La imposibilidad de creer en investigaciones sociológicas con datos estadísticos cada vez menos accesibles. La fractura entre una mayoría optimista y una significativa minoría pesimista, aunque prevalece la idea de que “todo seguirá igual”. La perspectiva apocalíptica de Kirill y la lucha contra el "demonio" Bartolomé.

 

El 14 de enero Rusia celebró el Staryj Novyj God, el “Viejo Año Nuevo” del Año Nuevo según el calendario juliano, duplicando así las oportunidades para olvidar el pasado y predecir el futuro, o bien —según el espíritu ruso inverso — para olvidar el futuro volviendo al pasado. Bajo las grandiosas nevadas de estos días, que han sepultado sobre todo a Moscú bajo un manto impenetrable de hielo líquido que les impide ver lo que sucede en los numerosos países del mundo sacudidos por revueltas e invasiones, los rusos esperan la solemne conclusión del período de los Svjatki, las fiestas de disfraces desde Navidad hasta el Bautismo de Jesús del 19 de enero, cuando se quitan las máscaras para sumergirse en la cruz de las aguas abiertas en el hielo de los ríos y de los lagos, para expulsar a los demonios que amenazan el futuro.

La doble euforia del nuevo año multiplica las posibilidades de expresar los sueños y deseos, y los sociólogos y analistas rusos se afanan en investigaciones y encuestas que les permitan comprender qué imagen se forma en el pueblo al observar el curso de los acontecimientos. La sensación más difundida es que en Rusia no existe actualmente en realidad ninguna verdadera “imagen del futuro”, porque desde hace ya cuatro años, tras la invasión de Ucrania, no se logra entender cuáles son las verdaderas intenciones de los jefes políticos y religiosos, concentrados únicamente en la destrucción del presente en nombre de mitologías del pasado.

El curso de la guerra rusa oscila entre la completa destrucción del maléfico Occidente y la ocupación militar de unos pocos kilómetros de terreno en la Ucrania devastada, entre la “guerra santa” y la “operación militar especial”. La economía del país se presenta como floreciente e innovadora, pero los ciudadanos se ven obligados a apretarse cada vez más el cinturón y desembolsar todos los rublos que les quedan en impuestos cada vez más altos para financiar los gastos militares. E incluso si este año se lograra concluir la santa operación especial, no está claro qué puede ocurrir después de la tan ansiada Victoria de Pirro-Putin.

Existe la impresión, según lo que afirman los ciudadanos comunes y los mismos dirigentes de la casta en el poder, que si se detienen las acciones militares, Rusia quedará congelada, como en estos días de nieve y vodka entre las celebraciones de los años nuevos y las sagradas inmersiones bajo cero. Se encerrará en la nueva realidad de una estructura demográfica alterada por la fuerza, de una economía orientada a los estándares bélicos y de una ley dura y represiva, y por si fuera poco, deslumbrará a los países vecinos con guirnaldas de “valores tradicionales” y ojivas nucleares. El Golem atrapado en el fango pantanoso del “servir, rezar y parir” en realidad difícilmente podrá seguir adelante con especial vigor. Del mismo modo, no es seguro que los rusos, incluso aquellos que por una u otra razón, por fanatismo o por dinero, se han dedicado a la guerra contra los parientes de la puerta de al lado, quieran realmente pasar toda la vida con uniforme caqui.

El único dato en el que coinciden todos los expertos y analistas es que es imposible creer en las investigaciones sociológicas en la Rusia actual, aunque en contadas ocasiones coincidan con datos estadísticos cada vez menos accesibles de agencias oficiales o con consideraciones de primera mano de los investigadores. Por eso los redactores de Novaya Gazeta decidieron evitar las previsiones sobre el año nuevo o sobre la próxima década y preguntaron a los entrevistados cómo imaginan a Rusia dentro de cincuenta años, cuando sin duda ya no estarán los líderes actuales y el mundo podría ser radicalmente diferente en términos generales.

Los resultados de esta “encuesta extrema” no aportan sensaciones particularmente favorables, sino que permanecen proyectados sobre las imágenes retóricas de la “gran Rusia gobernada por la mano fuerte de un autócrata y poblada por familias numerosas”. Todo alrededor hay robots pintados como las cerámicas rusas Gzhel y una red artificial soberana, entrenada en los textos de Dostoievski, Dugin y el Domostroy medieval, el “código de conducta moral” de los tiempos de la Tercera Roma, un futuro en el que resplandece el pasado más oscuro. Según los resultados publicados por el sitio, el 56% de la población piensa que Rusia se extenderá cada vez más su territorio, el 53% que aumentará mucho el número de sus habitantes, el 59% que su autoridad en el mundo será cada vez más fuerte, y un buen 73% está seguro de que habrá un enorme crecimiento tecnológico. Aunque en realidad hay una señal de preocupación proveniente del 23% de los entrevistados, que considera que la Rusia del futuro tendrá una población mucho más reducida que la actual.

La misma proporción entre una mayoría optimista y una significativa minoría pesimista se observa también respecto al nivel de vida de la Rusia futura, que para el 49% será más elevado, para el 25% no superará el actual y un 14% que imagina un continuo empobrecimiento. Entre los más escépticos se encuentran los empresarios, devastados por las políticas militares de los últimos años. La pregunta más complicada que plantearon los encuestadores se refiere a las libertades civiles y políticas de Rusia dentro de medio siglo, a la que más del 20% declaró que “no sabe qué responder”. De los que respondieron, el 34% considera que habrá mayores libertades, el mismo porcentaje afirma que serán iguales a las de hoy, y el 12% que habrá aún menos. Los más optimistas son los jóvenes en edad de ser estudiantes, y los más pesimistas — casualmente — son los empresarios.

En conjunto, entre las diversas tendencias prevalece la que considera que “todo seguirá igual”, el Estado continuará con su línea bélico-represiva y la población seguirá sometiéndose y adaptándose. Sería extraño, por lo demás, que hoy existiera una convicción difundida de que puedan producirse cambios radicales a corto y largo plazo. La impresión es que Rusia no presentará su nuevo rostro hasta finales de este siglo, y el “congelamiento” será el típico invierno infinito antes de eventuales “deshielos” repentinos y brevísimas primaveras.

El hecho de que la mayoría de los rusos no vea un futuro brillante para el país, por otra parte, no significa que lo que imaginan coincida con lo que desean. En los últimos años, y como herencia de tradiciones seculares, los rusos han aprendido a guardar sus deseos más auténticos para sí mismos, o a expresarlos con mucha cautela; el último que habló explícitamente de la “feliz Rusia del futuro” fue Aleksey Navalny, aniquilado en el hielo del campo de concentración hace casi dos años, el 16 de febrero de 2024.

La esperanza en el futuro es sin duda un tema primordial en las concepciones religiosas, y muchas previsiones están condicionadas por las amenazas de la Iglesia ortodoxa de terminar en el infierno, acompañados por el “diablo en persona”, que según declaraciones de algunos ortodoxos rusos de los últimos días se identifica con el patriarca de Constantinopla, Bartolomé (Archontonis). La perspectiva apocalíptica que predica su gran adversario, el patriarca de Moscú Kirill (Gundjaev), acompaña toda la visión del presente y del futuro desde antes del advenimiento del zar Putin, como ha señalado la especialista en cuestiones religiosas Vita Tatarenko, asesora de la presidencia ucraniana. Ella recuerda que la propaganda de la “guerra santa” ya estaba en marcha en los años noventa, aunque en modalidad soft e implícita, pero ya orientada a la futura agresión.

Una de las previsiones más dramáticas para el futuro de Rusia se refiere precisamente al enfrentamiento de las dos Iglesias ortodoxas en Ucrania, la filo-moscovita UPZ y la autocéfala PZU. La primera debería ser eliminada por ley, pero a pesar de la transferencia de aproximadamente 1.500 comunidades a la adversaria, esta mantiene una proporción del doble de la segunda, y en la comparación se pone en evidencia la dimensión simbólica del choque de civilizaciones y escenarios del futuro. Ucrania tardó en responder no tanto sobre el terreno en 2022, cuanto en los altares en 1992, cuando su metropolita Filaret (Denisenko) se hizo la ilusión de resolver el conflicto autoproclamándose patriarca de Kiev, título que conserva como “honorario” en su palacio de la era soviética a la edad de 97 años, como ejemplo supremo de un pasado de contradicciones que se niega a desaparecer.

La “desnazificación” ideológica de Ucrania, justificación oficial de la guerra, es un derivado de la “desortodoxización” decidida conjuntamente con el patriarca de Constantinopla hoy demonizado, y las visiones del futuro no pueden prescindir de la visión religiosa que alimenta las previsiones y las esperanzas con motivaciones “superiores”. ¿Qué Ortodoxia, qué Cristianismo habrá dentro de cincuenta años en Rusia, en Ucrania, en Europa y en el mundo entero? Esta pregunta no está incluida en los sondeos de los diversos especialistas y agencias, pero concierne verdaderamente a la consistencia y la identidad de los pueblos del futuro.

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