13/06/2026, 14.53
MUNDO RUSO
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La intelligentsia en la Rusia actual

de Vladimir Rozanskij

El mundo académico ruso ha sido reducido al silencio. Una campaña sin precedentes desencadenada en torno a un proyecto de investigación sobre Aristóteles está desacreditando incluso al Instituto de Filosofía de la Academia Rusa de Ciencias. Y si bien en 2022 los científicos eran el grupo profesional que más condenó la "operación especial" en Ucrania, hoy su comunidad prácticamente ha desaparecido de la escena pública.

 

El término intelligentsia fue acuñado en Rusia en el siglo XIX, utilizando una palabra latina rusificada –el latín era entonces la lengua académica de las universidades rusas– para referirse a la clase de los intelectuales que se proponían “orientar al pueblo” y señalar también el camino a los zares, para crear un país moderno y respetuoso de los derechos humanos, comenzando por la abolición de la servidumbre de la gleba. Ahora el término prácticamente ha caído en desuso, y resulta difícil definir la situación de los intelectuales en la Rusia de Putin.

El proyecto de la Academia Polaca de Ciencias “Intelligentsia, Imperio y Civilización en los siglos XIX y XX” (2005-2007) había utilizado la expresión “intelligentsia silenciosa” en referencia al período soviético, cuando de todos modos aún existía una importante élite intelectual. Hoy, en cambio, el mundo académico ruso ha quedado realmente sumido en el silencio, y el fenómeno de la intelligentsia es un recuerdo del pasado, junto con la generación del período del deshielo jruschoviano de comienzos de la década de 1960, aquellos que impidieron que Rusia volviera a caer en la barbarie: Sergey Averintsev, Mikhail Gasparov, Vyacheslav Ivanov, Georgij Knabe, Yuri Lotman, Georgij Shchedrovitsky, Merab Mamardashvili y muchos otros. Y resulta difícil imaginar quién podrá representar a la élite intelectual rusa después del putinismo.

En la Rusia actual, las ideas se equiparan a la dinamita: la propaganda considera que los valores de la vida humana, la libertad, la dignidad y la reputación profesional son conceptos occidentales ajenos a los rusos e indeseables en tiempos de guerra. En mayo de este año comenzó una campaña sin precedentes para desacreditar a la principal institución académica rusa, que tiene una historia centenaria: el Instituto de Filosofía de la Academia Rusa de Ciencias. El pretexto fueron las medidas adoptadas por el Comité de Investigación ruso, que el 19 de mayo llevó a cabo registros y retuvo para interrogarlos al director del Instituto de Filosofía y a los investigadores que entre 2018 y 2024 habían trabajado en el proyecto “El legado de Aristóteles. Preparación de las obras completas de Aristóteles”. La directora del proyecto, Svetlana Mesyats, fue puesta bajo arresto domiciliario, y los demás investigadores fueron retenidos como testigos. Una de las numerosas auditorías contables del instituto, en curso desde 2021, sacó a la luz irregularidades en el uso de los fondos asignados para los salarios de los investigadores designados por el Estado. Los "patriotas" radicales utilizan este caso como pretexto para vengarse del Instituto e intimidar al mundo académico, y pretenden cerrar el Instituto de Filosofía "a pedido del pueblo", lo que demuestra que “el caso Aristóteles” tiene, de hecho, motivaciones políticas.

Los ataques contra el Instituto de Filosofía comenzaron hace cinco años: en previsión del anuncio de la SVO, la operación especial en Ucrania, el grupo mediático Tsargrad y el Club Zinóviev intentaron nombrar a uno de sus colaboradores, Anatoly Chernyaev, para reemplazar al académico Dmitry Smirnov, director del instituto elegido legalmente en 2020. Todo el personal, tanto científico como técnico, se opuso a su nombramiento, considerándolo inadecuado para dirigir una institución académica debido a su falta de autoridad científica y de cualidades personales. Los patriotas radicales se negaron a aceptar la derrota, y en los últimos cinco años sus partidarios han difundido un sinfín de mentiras sobre el instituto y sus científicos, ansiosos por tomar el control de una institución académica con una reputación intachable e imponer en ella su propia agenda para transformarla en un centro de propaganda.

Hoy asistimos a la segunda embestida de esta campaña. Incapaces de controlar a los científicos, los patriotas están intentando desacreditar al Instituto y destruir su reputación con acusaciones inventadas de robo, trabajo deficiente, incompetencia y, como golpe de gracia, de promover una agenda liberal, colaborar con el Occidente enemigo y albergar sentimientos pacifistas. Svetlana Mesyats, investigadora de renombre mundial y discípula de Piama Gaidenko, es acusada por la propaganda de haber dictado conferencias en Alemania y Ucrania antes de la guerra, de haber sido siempre partidaria de la paz y de haberse expresado en contra de la SVO en 2022.

La Academia Rusa de Ciencias, cúspide de la pirámide académica, que había alcanzado la libertad de expresión durante los años de la perestroika de Gorbachov, hoy la ha perdido por completo. La primera fase de la pérdida de autonomía se produjo con la pérdida de la independencia financiera en 2013, cuando el Kremlin, utilizando la "fórmula de las dos llaves", transfirió todos los institutos de investigación de la Academia (cerca de 400) al Ministerio de Ciencia y Educación Superior, dejando únicamente a la Academia la responsabilidad de las actividades especializadas. La pérdida definitiva de autonomía de la Academia se produjo en el año de su tricentenario: en 2024 el Presídium solicitó a Putin que presidiera el Consejo de Administración, convirtiéndose en el primer líder ruso (excepto Stalin, que fue elegido miembro honorario de la Academia de Ciencias de la URSS en 1939) en ocupar un cargo dentro de la Academia.

En abril de 2026, el presidente de la Academia, Gennady Krasnikov, propuso la apertura de “primeros departamentos” en los institutos de investigación, integrados por oficiales de los servicios del FSB, para “proteger los logros científicos rusos del espionaje”. Durante el período soviético, estos departamentos ejercían un control ideológico y garantizaban el secreto de las investigaciones. La medida fue presentada a los científicos como una muestra de preocupación por su seguridad: ahora la responsabilidad de decidir qué se puede y qué no se puede investigar y publicar se transfiere a “funcionarios competentes”.

Es improbable que los profesores e investigadores universitarios, que en gran medida conforman  el “partido de la paz” y que antes de la guerra actuaban como formadores de opinión pública y guías morales, recuperen a corto plazo la confianza y el respeto de sus compatriotas. En las dos primeras décadas del siglo XXI, el mundo académico ruso ocupaba los primeros puestos en los índices de confianza pública, hasta el “giro conservador” de 2012-2014. En 2022 los científicos rusos eran el grupo profesional más numeroso que no apoyaba la acción militar. El 85% de los representantes de la comunidad científica encuestados había votado en contra, y muchos miembros de la Academia firmaron una carta abierta de protesta contra el lanzamiento de la SVO. En su quinto año, la comunidad científica rusa prácticamente ha desaparecido de la escena pública, y ha quedado sumida en el más absoluto silencio.

No se esperan cambios inmediatos en el futuro próximo. Predomina la convicción de que la guerra abierta se convertirá en una guerra ideológica interminable, y se reflexiona sobre las perspectivas de integrar a los representantes de la “diáspora putiniana” de rusos, tanto dentro de Rusia como en el exterior, en la división global del trabajo de la nueva revolución industrial-militar. El metodólogo Pyotr Shchedovitsky, que se presenta como un "jubilado activo", imparte conferencias públicas sobre "El Estado del futuro" y “El pensamiento constructivo”. Su principal interés práctico es el proyecto “Filosofía de Rusia”, que inició hace veinte años, simultáneamente con el proyecto “Mundo ruso”. “Como filósofo, veo la clave del éxito en el retorno de Rusia a su filosofía. La filosofía nacional es el fundamento sobre el que se construye el Estado, se establecen los valores, se desarrollan las empresas y florece la innovación”, afirmó recientemente. Aleksey Kozyrev, decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad Estatal de Moscú (MSU), la principal universidad de la ciudad, comparte esta inspiración, según la cual una verdadera reflexión filosófica es un atributo esencial de una cultura competitiva: “Es precisamente una tradición filosófica desarrollada la que sirve de fundamento intelectual sobre el que se asientan tanto la identidad cultural como la sostenibilidad económica de un Estado en la competencia global”.

Rusia está paralizada por la expectativa de un período de desastres después de tantas guerras, y nadie sabe exactamente qué sucederá, cuándo ni cómo. El horizonte de planificación se ha derrumbado, y la expresión “callejón sin salida” ha adquirido un significado literal. La esperanza reside en el renacimiento de la intelligentsia, que ofrezca la posibilidad de volver a pensar por sí misma.

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