01/03/2026, 14.27
ECCLESIA IN ASIA
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Mi misión más allá de las fronteras de la desesperación en Myanmar

de P. Kurt Pala *

Desde Myitkyina, el testimonio del P. Kurt Pala, sacerdote filipino de los Misioneros de San Colombano, que desempeña su ministerio en el país devastado por la guerra desde hace más de cinco años. Aquí tanto los pobres como la tierra lanzan un grito de dolor. Pero con ellos he aprendido a rezar mientras se espera la paz, a confiar en Dios en cada momento de la vida, a compartir la última taza de arroz con un vecino y a encontrar alegría en las pequeñas cosas.

 

Las noticias de las últimas horas hablan de nuevas guerras que profundizan aún más las heridas de Oriente Medio y del sur de Asia. En este contexto queremos proponer hoy un testimonio que publicaron recientemente en su sitio de Internet los Misioneros de San Colombano. Proviene de Myanmar, otro país devastado desde hace más de cinco años por una durísima guerra civil de la que ya muy pocos hablan. Quien lo escribe es un joven misionero filipino, el P. Kurt Pala, que cuenta qué significa vivir hoy su ministerio en una realidad como esta. Proponemos a continuación su reflexión completa.

Cuando las personas me preguntan: ¿Cómo es la misión en Myanmar?, a menudo hago una pausa.

La misión aquí es difícil y hermosa. Es dramática, y sin embargo está llena de esperanza. Es caminar con cautela por un sendero estrecho — entre el sonido de los cantos y de las campanas budistas y el eco de los misiles que lanzan desde Myitkyina hacia las aldeas cercanas.

Misión en una Tierra de lágrimas

Myanmar ha sido conocido durante mucho tiempo como la Tierra dorada, pero hoy se ha convertido en un país devastado por la guerra — una Tierra dorada de lágrimas.

Muchas familias viven con miedo, en los campamentos para desplazados o en aldeas que pueden desaparecer de un día para otro. Los jóvenes que en otro tiempo tenían sueños ahora cargan armas de fuego y traumas profundos. Los padres se preocupan no solo por el futuro de sus hijos, sino también por la comida del día siguiente. Los padres quedan atrás mientras los jóvenes abandonan el país para escapar del reclutamiento militar y la pobreza.

Como sacerdote, he administrado la unción de los enfermos a jóvenes heridos durante las protestas y a otros que han muerto demasiado pronto - víctimas de la drogadicción. He escuchado a madres que se han desplazado de un campamento a otro y que ya no tienen un lugar adonde ir. He escuchado a muchos jóvenes hablar de desorientación y desaliento. He celebrado la Misa con comunidades desplazadas por la guerra, exhaustas, y sin embargo capaces todavía de cantar los salmos de la esperanza.

Mi primera lucha en la misión fue aceptar que no puedo "arreglar" Myanmar. No puedo detener la guerra. No puedo eliminar todo el sufrimiento ni aliviar cada preocupación y dolor. Pero puedo estar presente. Puedo escuchar.

En la Laudato Si’, el Papa Francisco nos recuerda que escuchemos el grito de los pobres y el grito de la tierra. Pero en Myanmar, tanto los pobres como la tierra no solo gritan - aúllan de dolor.

Lentamente he aprendido que la misión no consiste en primer lugar en hacer algo por las personas; consiste en estar con ellas.

Aprender del pueblo kachin

El pueblo Kachin y muchas otras comunidades de Myanmar me han evangelizado más que yo a ellos. Me han enseñado a rezar mientras se espera la paz, a confiar en Dios en cada momento de la vida, a compartir la última taza de arroz con un vecino y a encontrar alegría en las pequeñas cosas, incluso cuando durante semanas no hay electricidad ni internet. He aprendido a agradecer más y a quejarme menos.

Recuerdo haber preparado una homilía y luego haberla compartido, dudando de mí mismo mientras decía que Dios es bueno y cuida de todos nosotros. Recuerdo haber preguntado: ¿Dónde está Dios en todo este sufrimiento?. Sin embargo, cuando celebro la Eucaristía - en un campo para desplazados, entre los jóvenes o con alcohólicos en recuperación y personas que luchan contra la adicción - cantan con más fuerza y dulzura que cualquier coro que haya escuchado jamás.

Entonces comprendí: el Emmanuel, Dios, está en medio de nosotros. La Iglesia es más fuerte cuando es más pobre. Han perdido todo - casas, aldeas y a muchos hijos e hijas en la guerra - pero no la fe.

Las luchas de un misionero

Nada te prepara para la misión. En mis primeros meses en Myanmar estaba entusiasmado y tenía muchas ideas para los ministerios que me proponía poner en marcha. Pronto comprendí que, en cambio, mi misión no es mía, la misión es de Dios.

Luché contra la impotencia cuando los jóvenes me pedían un trabajo que no podía ofrecerles, o me hacían preguntas para las que no tenía respuestas. Luché contra la ansiedad cuando planificaba con cuidado y las cosas no salían como yo quería. Luché contra el miedo cada vez que me encontraba con soldados en los puestos de control. Luché cada vez que un joven se rendía.

Hubo días en los que pregunté a Dios: "¿Qué estoy haciendo aquí en Myanmar?". La misión aquí me ha despojado de la ilusión de que un misionero es un héroe. Descubrí que soy simplemente un compañero de camino, a menudo débil, a menudo confundido como las personas a las que presto servicio, y sin embargo llamado a quedarme con ellos.

Mi amigo Ashin Nandasara, un monje budista que ahora estudia en Tailandia, una vez me llevó a su aldea y al monasterio de su infancia en Shwe Bo. Lo visitaba a menudo antes del golpe de estado. Durante el mes que estuve en el monasterio, sus padres me preparaban la cena todas las noches, porque los monjes no comen de noche.

La producción de cerámica en Myanmar está dedicada principalmente a vasijas de arcilla hechas a mano en su aldea. La localidad es famosa por su arcilla natural y por la habilidad de sus artesanos y artesanas, que hacen grandes tinajas para el agua y otros usos. Estas vasijas se cargan luego en los barcos y se envían a todo el país. Ahora su aldea es un campo de batalla entre el ejército birmano y los jóvenes que se autodenominan "Fuerzas de defensa del pueblo".

Las tinajas de arcilla me recuerdan las palabras de san Pablo: Llevamos este tesoro en vasijas de barro (2Cor 4,7). Cada día siento las grietas de esa vasija de barro.

Las alegrías que me mantienen vivo

Y sin embargo las alegrías superan las dificultades. Veo alegría cuando un joven adquiere confianza en sí mismo y es capaz de trazar su propio camino en la vida; cuando los jóvenes se organizan para ayudar a los pobres; cuando jóvenes de distintas religiones celebran juntos sus respectivas fiestas; y cuando budistas, bautistas, católicos y musulmanes se protegen mutuamente en los momentos de peligro.

Pero mi alegría más grande es dar testimonio de la fe. He dado la Primera Comunión a jóvenes adultos sordos y a niños con necesidades especiales que habían esperado años para recibir la Eucaristía. Su alegría y sus sonrisas después de recibir a Jesús me recordaron por qué me hice sacerdote.

He escuchado confesiones bajo estructuras improvisadas y capillas precarias, he celebrado la Navidad con los desplazados - tal como lo hicieron Jesús, José y María - y he sentido que Cristo era más real allí que en cualquier otro lugar. Dios ya no es solo el Emmanuel. La misión me ha dado un nuevo nombre para Él: Dios-con-el-pueblo-sufriente.

Qué significa hoy la misión

La misión en Myanmar hoy significa:

- acompañar a un pueblo crucificado: los desplazados y los jóvenes;

- formar a los jóvenes para que se conviertan en líderes seguros y resilientes que todavía creen que la paz es posible;

- promover el cuidado de la creación cuando bosques y tierras son destruidos por la minería y el conflicto.

No se trata de construir grandes proyectos. Se trata de construir pequeñas comunidades de esperanza.

Como misioneros de San Colombano decimos que cruzamos fronteras. En Myanmar las fronteras son muchas - étnicas, religiosas, políticas e incluso las fronteras de la desesperación. Cruzarlas requiere paciencia, escucha y, a veces, más silencio que palabras.

Mi oración

Cuando celebro la Eucaristía, a menudo rezo: Señor, no permitas que yo sea solo un visitante del dolor de tu pueblo. Hazme un vecino. Enséñame a partir el pan de la esperanza incluso cuando mis manos están vacías.

En Myanmar la Eucaristía cobra vida en la vida de la gente.

Entonces, ¿cómo es la misión en Myanmar? Es el Viernes Santo y la mañana de Pascua viviendo en la misma casa. Es caminar con un pueblo que se niega a renunciar a Dios, incluso cuando el mundo parece haber renunciado a ellos.

En Misa recordamos al centurión romano que le pidió a Jesús que curara a su siervo diciendo: Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Nosotros también reconocemos la misericordia de Jesús y su poder para sanar y entrar en nuestras vidas, especialmente durante este tiempo de Cuama.

Sigo volviendo a Myanmar - y permanezco aquí - porque el Evangelio está más vivo entre aquellos que sufren y están heridos. Y porque el pueblo de Myanmar me ha enseñado que la misión no es el lugar donde llevamos a Cristo, sino un lugar donde Cristo ya nos está esperando.

Gracias por acompañarnos en la oración y la solidaridad.

Sigan rezando por nosotros. ¡No nos olviden!

* misionero de San Colombano en Myanmar

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