Vicario de Arabia: las religiosas de Yemen y la alegría de la Pascua, incluso junto a quienes sufren
Mons. Martinelli describe las celebraciones en el Golfo afectado por el conflicto, y señala como ejemplo el testimonio de las Misioneras de la Caridad. Habla sobre los temores de los migrantes, algunos de los cuales "han abandonado" temporalmente los Emiratos, y la interrupción de los cursos de matrimonio y bautismo. Explica que la escuela y la catequesis se imparten "en modalidad virtual desde hace más de un mes". "Mucha exposición mediática" por el cierre de las iglesias. Un "pueblo de pueblos" procedente de más de cien países y "testigo de la fe".
Milán (AsiaNews) - El ejemplo “más concreto” de la misión en una zona que es teatro de guerra, es el de “las hermanas de la Madre Teresa de Calcuta” y el sacerdote que vive con ellas. "Estoy impresionado por su alegría, por la felicidad que sienten por estar en Yemen y poder estar cerca de los hombres y mujeres que sufren. No pueden resolver los problemas de sus vidas, en medio de esa situación de pobreza extrema”, pero ofrecen una “compañía concreta a los que están pasando necesidades”, cuenta a AsiaNews Mons. Paolo Martinelli, vicario apostólico de Arabia del Sur (Emiratos Árabes Unidos, Omán y Yemen), cuando describe la Pascua en una de las zonas afectadas por el conflicto que han lanzado Israel y Estados Unidos contra Irán, y que desde hace más de un mes mantiene en jaque a los países del Golfo.
Tanto en Adén como en Dubái y Abu Dabi, “creo que esto —añade el prelado— es lo más importante: estar ahí, ser presencia y compañía para los hombres y mujeres en su situación concreta y mostrar que Cristo […] no deja de caminar con nosotros”. Y también mantener vivos lugares simbólicos como la Abrahamic Family House en los Emiratos Árabes Unidos (EAU) que, a pesar de estar cerrada por la guerra, no ha interrumpido “el camino del diálogo interreligioso”, recordando que “el uso de la violencia en nombre de Dios” es, en realidad, “un abuso de la religión”.
A continuación, la entrevista completa a Mons. Martinelli:
¿Cómo han vivido los católicos del vicariato la Semana Santa y el domingo de Pascua? ¿Estaban más preocupados por la guerra o prevaleció el deseo de celebrar y vivir la fiesta?
Antes de Semana Santa, la única indicación era evitar concentraciones demasiado numerosas de fieles, algo que cumplimos rigurosamente, cancelando algunas iniciativas y trasladando la catequesis al formato virtual. Lamentablemente, justo al comienzo de la Semana Santa la situación se agravó, sobre todo en el emirato de Dubái. Por eso, cuando comenzó el Triduo las autoridades civiles anunciaron el cierre de todos los lugares de culto en el emirato de Dubái, donde se encuentran dos de las parroquias más grandes, que cuentan con cientos de miles de fieles. Algunas celebraciones se transmitieron online, pero muchos decidieron acudir a las iglesias de otros emiratos para participar de forma presencial en las celebraciones pascuales. La gestión de las celebraciones y del flujo de fieles en las distintas parroquias fue muy eficiente gracias a la labor de los sacerdotes, del personal comprometido en los diferentes servicios y de todos los que participaron siguiendo las indicaciones y aceptando algunos pequeños sacrificios.
¿Estos cierres forzados han despertado una mayor atención hacia los cristianos?
En estos días hemos tenido una fuerte exposición mediática a nivel de la prensa local y nacional, como nunca antes. El cierre de las dos iglesias de Dubái despertó el interés de los medios, y varios periodistas han venido a conocer la vida de nuestras comunidades en este tiempo de Pascua.
La Abrahamic Family House continúa cerrada; sin embargo, a través de sus canales oficiales pude enviar un mensaje de felicitación a los fieles que suelen frecuentarla, expresando la esperanza de poder volver pronto a celebrar juntos. Las autoridades civiles por lo general no participan en nuestras celebraciones. En Navidad es cuando solemos recibir las felicitaciones oficiales de las autoridades, pero en estos días he tenido el placer de recibir algunos mensajes de saludo.
Excelencia, ¿puede contarnos algún momento especialmente significativo del tiempo pascual?
Me gustaría recordar dos acontecimientos que resultaron significativos: el primero es la Misa Crismal, con todo nuestro clero —aquí todos somos misioneros—. Me conmovió ver a todos los sacerdotes reunidos en la iglesia para renovar las promesas sacerdotales junto al obispo. En la homilía les agradecí explícitamente por haber permanecido en la misión del Vicariato, afrontando con alegría las dificultades de esta situación de guerra. Me impresionó la numerosa participación de los fieles en la vigilia pascual, a pesar del espacio limitado (todas las celebraciones en la catedral se trasladaron al interior por motivos de seguridad). Este es verdaderamente un pueblo santo y fiel. He dado gracias al Señor por este “pueblo de pueblos” procedente de más de cien países diferentes, que forma verdaderamente, como decía el papa Francisco, una “alegre polifonía de la fe”. En este tiempo, los fieles buscan la cercanía con el Señor, sobre todo a través de los sacramentos y la misa. Durante la Semana Santa en particular, hubo una gran afluencia para las confesiones. Luego están los temores y preocupaciones por el trabajo, los hijos y el futuro. Intentamos ayudarnos y compartir, pero sobre todo es decisivo reforzar el sentido de pertenencia a la Iglesia, al pueblo de Dios. Lo más peligroso es la soledad. En este sentido, en Pascua es importante subrayar que el Bautismo que nos une a la muerte y resurrección de Cristo nos ha hecho un solo cuerpo; nadie podrá separarnos jamás del amor de Cristo.
Ha pasado más de un mes desde que comenzó el conflicto que está sacudiendo a las poblaciones del Golfo. Desde los primeros días señalamos las posibles consecuencias desde un punto de vista religioso, confesional, comenzando por la “Casa Abrahámica”. ¿Cómo es la situación hoy?
Por un lado, la vida ha continuado normalmente. Sobre todo en los Emiratos Árabes Unidos el sistema de defensa ha sido muy eficaz, mientras que en Omán los ataques han sido muy limitados. Por otra parte, es innegable que hay temores relacionados con el futuro, sobre todo en lo que respecta al trabajo, ya que por el momento cuesta ver una salida. En cuanto al diálogo interreligioso, el problema es muy complejo. Los actores de este conflicto, lamentablemente, utilizan una narrativa de la guerra en términos religiosos que se opone a toda forma de diálogo. Esto es profundamente erróneo y ambiguo. Como ha declarado el Papa León XIV, es absurdo justificar la violencia en nombre de Dios.
De hecho, precisamente el documento sobre la "Fraternidad Humana" firmado en Abu Dabi por el Papa Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar describía el uso de la violencia en nombre de Dios como un abuso de la religión.
La Abrahamic Family House en este momento está cerrada, pero el camino del diálogo interreligioso no se detiene. Dos episodios pueden servir como ejemplo. Poco antes de que terminara el Ramadán, las autoridades locales de Abu Dabi convocaron a todos los líderes religiosos para interrumpir juntos el ayuno. Es una cita que se repite todos los años. El año pasado se llevó a cabo en la Abrahamic Family House; este año fue en una sede de la municipalidad. Además, justo antes de Pascua, el ministro de Tolerancia y Convivencia, Sheikh Nahyan bin Mubarak Al Nahyan, convocó a todos los líderes religiosos a un foro sobre la relación entre las religiones y la promoción de la familia como fundamento de la sociedad, en el que yo también intervine. El mismo ministerio ha organizado un encuentro que tendrá lugar en los próximos días sobre religiones y cohesión social. Gracias a Dios este camino continúa, y es extremadamente importante que no se detenga.
La comunidad católica del vicariato está constituida en su inmensa mayoría por migrantes, unos de los primeros que sufren las consecuencias del conflicto. ¿Cuáles son las preocupaciones y qué les piden?
Me han informado que hubo algunos inconvenientes relacionados con la celebración de los sacramentos y que algunas personas han abandonado el país, al menos temporalmente. También se han interrumpido algunos cursos de preparación para el matrimonio o para la iniciación cristiana de adultos. No obstante, confiamos en que sean solo problemas temporales que se resolverán poco a poco. Lo que resulta más pesado para los jóvenes que viven en los Emiratos es el hecho de que tanto la escuela como el catecismo llevan más de un mes impartiéndose en línea. Tuvimos un encuentro online con más de mil adolescentes en conexión y hablamos de sus miedos, de lo que significa vivir como cristianos esta situación de dificultad, de cómo permanecer anclados en la esperanza cristiana y de cómo rezar en este tiempo. Fue un momento muy intenso y de gran sinceridad espiritual.
¿Sus temores se refieren a la situación inmediata, a nivel político y de seguridad, o son a largo plazo, hasta el punto de poner en duda su futuro y su permanencia en los países de acogida?
La guerra siempre supone un shock, pone en tela de juicio nuestras certezas y plantea interrogantes sobre el presente y el futuro. En los Emiratos, a pesar del gran número de ataques por parte de Irán, la vida cotidiana sigue su curso, aunque de manera más sobria. La gente comprueba que los sistemas de seguridad funcionan bien, pero no es fácil acostumbrarse a las alarmas y al ruido de los misiles y drones. Sin duda hay sectores que están sufriendo. Muchos tienen miedo con respecto al futuro, pero de momento me parece que prevalece la esperanza de poder retomar la vida normal. El país parece muy unido y cohesionado.
Excelencia, ¿en qué medida incide el conflicto en la vida cotidiana?
También en este caso depende mucho del lugar y del tipo de trabajo. En Omán la situación es mucho más tranquila; la gente trabaja con normalidad. Los ataques han sido esporádicos. La vida de la Iglesia también sigue siendo la misma. En los Emiratos Árabes Unidos, el sector del turismo o el de la pesca se ven afectados por el conflicto, mientras que otros sectores han logrado reorganizarse recurriendo al trabajo a distancia. Desde el principio he invitado a todos los fieles a estar unidos en la oración por la paz y a ser solidarios con los que están sufriendo necesidades. Las personas intentan ayudarse mutuamente para superar el momento presente, con la esperanza de que se pueda avanzar hacia una solución del conflicto. En todo esto hay un gran protagonismo de nuestro laicado.
Como pastor y guía de la comunidad, ¿cuáles son sus mayores preocupaciones?
La nuestra es una Iglesia única, en muchos aspectos, dentro de la Iglesia Católica. Todos los fieles son migrantes y están aquí por trabajo. No hay cristianos “locales”. Los temores son típicos del mundo de los migrantes, de quienes tienen un fuerte sentido de la transitoriedad de las cosas y de las circunstancias. La guerra ha acentuado profundamente esta condición y esta percepción. Mi mayor preocupación como pastor es ofrecer a todos la compañía de la fe, procurar que nadie esté solo ni aislado. Nuestra Iglesia no tiene medios para responder a los grandes problemas económicos que la gente debe afrontar. Nuestra misión es edificar la Iglesia como comunidad cristiana que acompaña la vida de los fieles, celebra la fe, reza, forma en una fe adulta y responsable, fomenta la caridad mutua y hacia quienes están en situación de necesidad, y promueve el testimonio cristiano en todos los ámbitos, para contribuir al bien de todos.
¿Tienen algún modelo en el que se inspiren para la misión?
Quizás el ejemplo más concreto sea el de las hermanas de la Madre Teresa de Calcuta en Yemen. El pasado 4 de abril por la mañana tuvimos un encuentro online con todas las hermanas [son 10 en total, n. de r.] y con el sacerdote que vive con ellas. Estoy impresionado por su alegría, por la felicidad que sienten por vivir en Yemen y poder estar cerca de la gente que sufre. No pueden resolver los problemas de sus vidas en esa situación de pobreza extrema, pero son capaces de ofrecer una compañía concreta a quienes la necesitan y de reunir a los pocos fieles para las celebraciones en las capillas de sus casas, y ser así, humildemente, la Iglesia que vive en Yemen. Esto me parece lo más importante: estar ahí, ser presencia y compañía para los hombres y mujeres en su situación concreta, y mostrar que Cristo está presente y no deja de caminar con nosotros. Su muerte y resurrección ya han abrazado todo el mal posible, pasado, presente y futuro. Él está aquí con nosotros, incluso cuando suena la alarma, incluso cuando se oye el sonido de los misiles y los drones. El Señor, en su Pascua, se ha unido a nosotros para siempre y con Él siempre podemos volver a empezar con una esperanza indomable.
(Imágenes tomadas del sitio del Vicariato apostólico de Arabia del Sur)
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