21/01/2017, 13.27
VATICANO
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Papa a la Rota Romana: Se necesita un gran coraje para casarse hoy en día. El sostén de la Iglesia

En la audiencia en ocasión de la inauguración del año judicial en el Vaticano, el Papa Francisco pide un mayor compromiso en la preparación de las parejas para el matrimonio, para madurar en “amor y verdad”. La importancia de no dejar solas a las parejas jóvenes, sino de “acoger, acompañar y ayudar”. Superar el formalismo jurídico para emprender una catequesis que haga comprender la fe y el valor del consenso. “Las insidias ruinosas de la cultura dominante de lo efímero y de lo provisorio”. 

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) – “Se necesita un gran coraje para casarse en la época que vivimos. Y los que tienen la fuerza y la alegría de cumplir este paso importante deben sentir a su lado el afecto y la cercanía concreta de la Iglesia”. Es lo que dijo el Papa Francisco a los miembros del Tribunal de la Rota Romana en la audiencia que les concedió en ocasión de la inauguración del año judicial en el Vaticano.  

La preocupación del pontífice es que, sin un fortalecimiento en la fe por parte de los esposos, tarde o temprano el matrimonio corre el riesgo de ser un “amor sin verdad” que crea un “multiplicarse de celebraciones matrimoniales nulas o inconsistentes”.

Citando al Papa Benedicto XVI en la “Lumen Fidei”, Francisco afirmó que “si el amor no tiene una relación con la verdad, está sujeto al cambio de los sentimientos y no supera la prueba del tiempo”. La presencia de un contexto social “carente de valores religiosos y de fe, no puede sino condicionar incluso el consenso matrimonial”.

Por eso, el pontífice sugiere dos “remedios”. El primero es la formación de los jóvenes que se preparan para el matrimonio, para “ayudar a los futuros esposos a captar y saborear la gracia, la belleza y la alegría del amor verdadero, salvado y redimido por Jesús”. Se trata, dijo, de “un tiempo favorable para renovar el propio encuentro con la persona de Jesucristo, con el mensaje del Evangelio y con la doctrina de la Iglesia”. Éste es un “momento particular, que a menudo también se caracteriza por la disponibilidad para revisar y cambiar el rumbo de la existencia”.

Es una “ocasión de evangelización de los adultos y, a menudo, de aquellos de quienes se dice que están alejados” además de “una extraordinaria ocasión de misión” para toda la comunidad cristiana.  

El segundo remedio es “ayudar a los flamantes esposos a proseguir en el camino de la fe y en la Iglesia después de la celebración del matrimonio”. Se requiere ayudar a las nuevas parejas a percibir la fe en la vida cotidiana, a descubrir que su unidad tiene la “fuente última en el misterio de la Trinidad” y que “Dios jamás desestima el compromiso que ha asumido con los esposos el día de su boda”.

“Frecuentemente –agregó- los jóvenes esposos son dejados a merced de sí mismos, quizás por el simple hecho de que se los ve menos en la parroquia; eso ocurre sobre todo con el nacimiento de los niños. Pero es precisamente en estos primeros momentos de la vida familiar que se requiere garantizar una mayor cercanía y un fuerte sostén espiritual, incluso en la obra educativa de los hijos, para quienes ellos son los primeros testigos y portadores del don de la fe”. La tarea de la comunidad cristiana es “acoger, acompañar y ayudar a las parejas jóvenes”, incluso con “grupos de referencia en los cuales poder llevar a cabo un camino de formación permanente”.   

Para todo esto, es necesaria la presencia de “personas con competencias específicas y que estén adecuadamente preparadas para brindar semejante servicio, en una oportuna sinergia entre sacerdotes y parejas de esposos”. Pero también es necesario cambiar la mentalidad, poniendo en relación  “foedus e fides”: “Se trata de pasar de una visión esencialmente jurídica y formal de la preparación de los futuros esposos, a una fundación sacramental” que desde el principio, lleve a las parejas a madurar su  foedus-consenso pleno.

“El Espíritu Santo, que siempre guía al Pueblo Santo de Dios en todo, asista y sostenga a cuantos se empeñan en este campo, sean sacerdotes o laicos, a fin de que jamás pierdan el impulso y el coraje de trabajar por la belleza de las familias cristianas, no obstante las insidias ruinosas de la cultura dominante de lo efímero y de lo provisorio”. 

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