Al margen de los misiles, pero igualmente sumido en el hambre: el Yemen olvidado
Incluso antes de que en el Golfo volviera a estallar la crisis, las agencias de la ONU ya hablaban de más de 20 millones de personas en situación de grave inseguridad alimentaria en el país, dividido desde 2014 por el conflicto con los hutíes. Familias obligadas a una sola comida al día, alimentos aguados, campañas de vacunación en crisis: las consecuencias del recorte de las ayudas. Los trabajadores humanitarios advierten: "Estamos viviendo la situación más peligrosa de los últimos años".
Milán (AsiaNews) – “Los niños están muriendo y la situación empeorará”. La alarma lanzada a mediados de febrero por Julien Harneis, coordinador humanitario de la ONU en Yemen, anticipaba un deterioro que hoy resulta aún más evidente. Pocos días después, el diplomático sueco Hans Grundberg, enviado especial de la ONU para Yemen, también advirtió al Consejo de Seguridad: “Las tensiones regionales están aumentando… pero el país no debe ser arrastrado a un enfrentamiento más amplio”. Una advertencia que hoy adquiere peso en plena escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán, que ha agravado la inestabilidad de toda la región, involucrando a los países del Golfo y reactivando las dinámicas de guerra por poderes.
Sobre el terreno, la crisis en Yemen continúa. Desde 2014 el conflicto enfrenta a los rebeldes hutíes, apoyados por Teherán, con las fuerzas del gobierno respaldadas por una coalición liderada por Arabia Saudita. El resultado es un país dividido: Saná y el norte están bajo control hutí, mientras que el gobierno reconocido opera desde Adén, con un sur atravesado por las tensiones separatistas.
Esta fragmentación alimenta una de las crisis humanitarias más graves del mundo. Según un informe reciente de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas (OCHA), más de 22 millones de personas necesitan asistencia y más de 20 millones enfrentan niveles agudos de inseguridad alimentaria. Los análisis de la Clasificación Integrada de Fases de Seguridad Alimentaria (la red de colaboración que incluye agencias de la ONU, ONG, gobiernos y organismos regionales) indican un nuevo empeoramiento en 2026: más de 18 millones de personas, más de la mitad de la población, entrarán en una fase de crisis aguda, mientras que más de 40.000 correrán el riesgo de morir de hambre.
Un dato alarmante se refiere a los recursos. A finales de 2025, el Plan de Respuesta Humanitaria elaborado por la OCHA estaba financiado en menos del 25%, el nivel más bajo de la última década. Las intervenciones en el ámbito nutricional solo han funcionado al 10% de su capacidad, y las relativas a la seguridad alimentaria al 15%. El resultado ha sido devastador: servicios reducidos a la mitad, instalaciones cerradas y asistencia recortada precisamente cuando las necesidades aumentaban. El sistema de salud está al borde del colapso: más de 450 centros cerrados, campañas de vacunación en crisis y solo dos tercios de los niños se encuentran completamente inmunizados.
Sobre el terreno, según informan las organizaciones humanitarias, el hambre ya es algo cotidiano: familias obligadas a comer solo una vez al día, comida aguada, estrategias de supervivencia cada vez más extremas. En un país que importa hasta el 90% de los cereales, la guerra, la inflación y los fenómenos climáticos extremos han convertido los alimentos en un bien inaccesible. Las precipitaciones irregulares y el aumento de las temperaturas relacionado con el cambio climático han reducido aún más la productividad agrícola. Incluso en las estaciones de lluvia, las familias informan que la escasez de agua y la degradación del suelo convierten la agricultura en una apuesta arriesgada; además, sin seguridad y sin mercados que funcionen, la producción local ni siquiera puede acercarse a satisfacer las necesidades más inmediatas.
“Yemen está entrando en la fase más peligrosa de los últimos años —advierte Samiha Awad Bataher, coordinadora sanitaria del International Rescue Committee (IRC), la ONG fundada en 1933 por Albert Einstein, que opera en Yemen con centros nutricionales y dispensarios médicos—. El deterioro no se debe tanto a la nueva ofensiva a gran escala, sino al colapso del poder adquisitivo y el recorte de las ayudas, que ha desmantelado los sistemas de seguridad en el momento álgido de las necesidades”.
Según el IRC, la cobertura de los servicios nutricionales ha caído un 63% en un año. Las hospitalizaciones por desnutrición aguda grave disminuyen no porque los niños estén mejor, sino porque ya no hay centros capaces de recibirlos. Casi el 80% de las familias sufren hambre, y la mitad de las que tienen niños pequeños señalan que al menos uno de ellos está desnutrido.
Las prioridades, subraya Awad Bataher, son claras: restablecer urgentemente la financiación, dar prioridad al tratamiento de la desnutrición infantil y materna, garantizar un suministro constante de alimentos terapéuticos y reforzar los sistemas de seguimiento. “Las intervenciones específicas y la ayuda en efectivo todavía pueden evitar una pérdida inaceptable de vidas humanas”.
Para 2026, las necesidades estimadas rondan los 2.500 millones de dólares, pero las perspectivas siguen siendo inciertas. Con la intensificación de las tensiones regionales y la disminución de la atención internacional, se corre el riesgo de que la crisis caiga aún más en el olvido.
Tras más de una década de guerra, Yemen sigue suspendido en un frágil equilibrio. Y mientras el mundo mira hacia otro lado, la advertencia de las agencias de las Naciones Unidas y de los trabajadores humanitarios sobre el terreno es contundente: sin una acción inmediata y coordinada, 2026 podría marcar un punto sin retorno.
Foto: ECHO/H. Veit
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