29/11/2025, 14.40
MUNDO RUSO
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El plan de paz de Trump para Ucrania, asistencia para el ‘aliado’ Putin

de Stefano Caprio

El 2025 no marca el fin de las guerras, sino la división entre las dictaduras de Oriente y Occidente. El nuevo Diccionario de la lengua rusa refleja el concepto de democracia y autocracia de la ideología oficial. La especialidad de Witkoff y Dmitriev, artífices del “proyecto” de tregua, es contar el dinero y repartirse las ganancias. El enfrentamiento por el idioma y el tema de la convivencia entre las Iglesias ortodoxas.

 

Si hacían falta más pruebas de la estrecha amistad entre los dos emperadores Donald Trump y Vladimir Putin, después de haber maltratado a Volodimir Zelenski en febrero y haber escenificado un romántico paseo por Alaska el 15 de agosto, aquí está el “plan de paz” que se presentó en noviembre, inmediatamente después de desacreditar al líder ucraniano con el escándalo de los inodoros de oro orquestado por el F.B.I. por encargo del Kremlin. El resultado de los acontecimientos globales de 2025 no será el fin de las guerras en Europa y Oriente Medio, sino la división del mundo entre las dictaduras de Oriente y Occidente.

Precisamente en estos días se ha publicado en Rusia el nuevo Diccionario de la lengua de Estado, que obliga a interpretar los términos según los estándares decididos por la ideología oficial del “soberanismo ortodoxo”. La democracia se define entonces como “el sistema de gobierno que concreta los intereses de las personas más influyentes”, mientras que la autocracia es “el sistema más eficaz para el cumplimiento de las expectativas del pueblo”, la síntesis de la política de Putin y Trump, y de muchos otros dictadores y “padres de la patria” de la época en que vivimos. Los autores del Diccionario son oscuros funcionarios del Kremlin, pero detrás de sus nombres se puede ver claramente a los verdaderos inspiradores, como el estadounidense Steve Bannon y el ruso Aleksandr Dugin, los ideólogos del imperio contemporáneo.

La ideología de la autocracia soberanista puede resumirse en el eslogan eufónico ruso, típico de la época soviética: Miru - Mir, “Paz al Mundo”, pero también “El Mundo a la Paz”, entendido como una reducción del mundo entero a su propia manera de entender la paz (Mir significa tanto Paz como Mundo). Y la paz de los 28 puntos, que son cada vez menos a medida que avanzan las “negociaciones” en cada rincón del mundo, es una expresión eficaz de esta “idea rusa” a la que los estadounidenses hoy se adecúan, que se resuelve en las dos palabras del eslogan soviético. Se puede expresar de forma aún más explícita y eficaz: Borba za Mir, “Lucha por la Paz” o también “Guerra por el Mundo”.

Los 28 puntos de Trump, que debían ser aceptados “en el plazo de una semana” aunque después se los haya postergado durante seis meses, según el timing habitual del actual jefe de la Casa Blanca, se han convertido en 19 tras los encuentros en Ginebra y Abu Dhabi, en los que participaron delegaciones y representantes de todo tipo, aunque los autores fundamentales sigan siendo los dos de siempre, Steve Witkoff y Kirill Dmitriev (ambos consejeros de Putin, como lo demuestran las grabaciones que se difundieron), cuya especialidad no es la política o la diplomacia, ni tampoco los planes militares o las especificaciones jurídicas, sino sólo la capacidad de contar el dinero y repartir las ganancias que hay sobre la mesa.

De los muchos temas de la lista, uno sobre todo pone en evidencia la nueva visión del mundo ruso-estadounidense, impedir la expansión de la OTAN, en el que prohibir la entrada de Ucrania es solo un detalle menor. Sería más lógico hablar explícitamente del “fin de la OTAN”, entendida como alianza militar entre Estados Unidos y Europa frente a las amenazas orientales de Rusia, China y otros enemigos asiáticos y no asiáticos. Rusia no quiere la OTAN tanto como hoy Estados Unidos quiere salir de ella, abandonando a los europeos a su suerte y comenzando precisamente por los ucranianos. El 4º punto define bien esta nueva estructura, auspiciando “el diálogo entre Rusia y la OTAN para garantizar la seguridad global y aumentar las posibilidades de cooperación para un futuro desarrollo económico”.

Estas son precisamente las consecuencias de este “diálogo”, que se explicita en los puntos 13-14, con el levantamiento de las sanciones a Rusia y su reingreso en el G8, repartiéndose los costos de la reconstrucción de Ucrania con 100 mil millones pagados por los europeos, y el 50% de los posibles beneficios asignados a EE. UU. A Ucrania se le concederá el ingreso en la UE, con un acceso preferencial al mercado europeo a corto plazo, siempre bajo la gestión económica estadounidense gracias al programa especial de financiación elaborado por el Banco Mundial, controlando sobre todo la reanudación de la extracción de minerales y recursos naturales, el tema preferido de las conversaciones directas entre Trump y Zelenski, como las que se están llevando a cabo en estos días. Obviamente, también está prevista “la firma de un acuerdo de cooperación económica a largo plazo” entre Rusia y Estados Unidos, gracias a la creación de “un grupo de trabajo conjunto ruso-estadounidense”. La central nuclear de Zaporiyia (punto 19) será puesta en funcionamiento bajo la supervisión de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), y la electricidad producida será distribuida en partes iguales entre Rusia y Ucrania al 50%.

El menos elaborado de los 28 puntos de Trump es el n. 20 sobre la “Tolerancia”, claramente inspirado por los rusos para indicar el restablecimiento del idioma ruso en Ucrania, expresado en términos generales, cuando dice que “los dos Países se comprometen a implementar programas educativos en las escuelas y en toda la sociedad destinados a promover la comprensión y la tolerancia recíproca”. La motivación lingüística es una de las principales causas del conflicto desde 2014, con la “des-rusificación” que se está llevando a cabo en Ucrania incluso con respecto a la literatura y la cultura rusa en general, no solo con leyes que prohíben el “idioma del invasor”, que por otra parte todos los ucranianos hablan en privado aunque fingen desconocerlo en público. Pero sobre todo la cuestión se refiere a la convivencia de las dos Iglesias ortodoxas, idénticas entre sí en todos los aspectos lingüísticos y rituales, la autocéfala nacionalista y la patriarcal prorrusa, donde la única diferencia reside en el nombre del primado que se invoca en las letanías litúrgicas.

El punto más directamente relacionado con las cuestiones militares se refiere, obviamente, a los territorios ocupados y “anexados” por Rusia, que según la propuesta de Trump y Putin deben atribuirse íntegramente a Moscú por lo que respecta a las cuatro regiones de Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia, mientras que en las posibles modificaciones de las otras negociaciones en curso se querría “congelar” la línea del frente actual, sin obligar a Ucrania a reconocer la soberanía de Rusia. Es evidente que sobre este aspecto no hay muchas posibilidades de acuerdo entre los dos contendientes, tanto por el orgullo ucraniano que no tiene intención de reconocer a Rusia ni siquiera Crimea, como por las ambiciones de Rusia que está preparando una gran campaña militar para 2026, con la intención de alcanzar también Odesa y privar a Ucrania de todo acceso al mar Negro, uno de los objetivos militares más explícitos e irrenunciables para Moscú, no solo en la guerra actual sino desde los conflictos medievales de Iván el Terrible. En efecto, Putin ha declarado que todos los puntos serán discutidos “solo después de la retirada de las tropas ucranianas”.

El plan “obligatorio” y luego aplazado también incluye que se celebren elecciones en Ucrania “en un plazo de 100 días” a partir de la firma del tratado de paz, mientras que la contrapropuesta europea propone un enfoque menos rígido a la cuestión, sin necesidad de establecer un plazo estricto. Los europeos son, por otra parte, los últimos cultores de la tan denostada “democracia”, y la idea de imponer opciones radicales y “autocráticas” como querrían los rusos y estadounidenses, quizás al calor de los escándalos deliberadamente orquestados, es probablemente el aspecto que más distingue las diferentes visiones del mundo que hoy se enfrentan. Los ucranianos sin duda necesitan encontrar el camino para una reconstrucción que una a las diversas fuerzas en juego en la política nacional, pero no será fácil sustraerse a la influencia directa de Moscú y Washington, que actualmente convergen fundamentalmente en un punto: el alejamiento de Zelenski, uno de los principales objetivos de la invasión rusa de 2022.

Queda obviamente pendiente la cuestión de la limitación de las fuerzas armadas ucranianas, la de la posible presencia de fuerzas de paz en el territorio y la de las garantías de seguridad respecto a una eventual reanudación del conflicto, donde la evidente incertidumbre de los acuerdos revela su fundamental inconsistencia, que hace muy poco probable una conclusión antes de que termine este año, y quizás incluso el siguiente. Por otra parte a Trump le interesa poco la verdadera solución de la guerra, más allá de la gloria personal con vistas a nuevas candidaturas al Nobel por el Miru-Mir, y a Putin le interesa realmente una victoria ideológica sobre Occidente, ya reducido a los territorios europeos, después de haber conquistado en la práctica a Estados Unidos. Los dos sistemas se basan en los negocios, proyectados en el contexto del verdadero conflicto mundial entre Washington y Beijing, del que Moscú pretende ser el árbitro y el gran inspirador de ambas superpotencias. El mismo Putin ha declarado en Kirguistán que “no tiene sentido firmar documentos con la dirigencia ucraniana, que ha perdido su legitimidad al negarse a convocar elecciones; como decía Stalin, no es importante quién vota, lo importante es quién cuenta los votos”.

La inspiración fundamental es la restauración de la tríada zarista de mediados del siglo XIX, Samoderžavie – Pravoslavie – Narodnost, “Autocracia – Ortodoxia – Populismo”, y que doscientos años después el “gendarme de Europa”, el zar Nicolás I que subió al trono en diciembre de 1825, se reencarna hoy en el zar Putin I. En aquel momento la cuestión era convencer a los reinos de Europa, incluyendo la Iglesia romana, de no ceder a las tentaciones del liberalismo y del socialismo, y para afirmar esta visión del mundo los rusos invadieron Crimea, con la esperanza de conquistar Europa y las tierras del mar Negro hasta Turquía y Tierra Santa. El viaje a la inversa en la historia continúa, con el apoyo de Estados Unidos, que ya no es el abanderado de la democracia para el mundo entero, y mucho menos para la desvalida Ucrania, el centro geográfico y político de Europa.

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