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RUSIA
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La guerra de los directores rusos

de Vladimir Rozanskij

Serebrennikov y Bogomolov eran las figuras más aclamadas del teatro ruso, reconocidos mucho más allá de las fronteras nacionales. Pero tras el inicio de la guerra, el primero abandonó Rusia y ahora trabaja en Europa, mientras que el segundo se ha quedado en Moscú, instando a la intelectualidad a «dejar a un lado el desprecio hacia su propio pueblo» y a «trabajar, vivir y creer».

Moscú (AsiaNews) - Durante casi veinte años, los directores Kirill Serebrennikov y Konstantin Bogomolov han sido considerados las figuras más destacadas del nuevo teatro ruso, apreciados por igual tanto por la oposición como por los funcionarios de la administración presidencial. La BBC ha querido explorar cómo han cambiado las vidas y las obras de estos dos directores, y por qué sus caminos se han separado tras una larga etapa de cercanía y colaboración.

A finales de marzo de 2026, la Deutsche Oper Berlin presentó el estreno más esperado de la temporada: el ballet Nureyev. Las entradas para esta producción, prohibida en Rusia, que narra la historia de un bailarín que huyó de la URSS, se agotaron por completo. El ballet había suscitado un gran escándalo en Rusia por parte del régimen, hostil hacia la libertad sexual, cuando se estrenó en 2017 en el Teatro Bolshói de Moscú, y fue retirado definitivamente del repertorio unos años más tarde, en 2023, acusado de «propagandizar relaciones no tradicionales». El caso es que, para narrar la vida de Rudolf Nureyev, uno de los mejores bailarines de la segunda mitad del siglo XX, fallecido por complicaciones del sida en 1993 en un hospital de las afueras de París, no se puede ignorar su bisexualidad.

La televisión alemana retransmitió el estreno en directo. Cuando Serebrennikov, el creador del espectáculo, subió al escenario, el público lo recibió con una ovación ensordecedora. Mientras se representaba «Nureyev» en Berlín, el director Konstantin Bogomolov preparaba su anterior producción, «El nuevo optimista», para un nuevo escenario en el Teatro de Moscú de la ulitsa Bronnaja. En la trama de Bogomolov, un graduado de la academia del FSB es enviado a dirigir un teatro sin nombre, donde ha fallecido un director liberal. Todos los bailarines de la compañía son hombres vestidos con ropa femenina. Algunos críticos vieron en la producción una alusión al Centro Gogol de Serebrennikov, el teatro que había sido cerrado unos meses antes del estreno de «El nuevo optimista», celebrado en octubre de 2022 en el Teatro de Arte Chéjov de Moscú, el mismo teatro donde Bogomolov y Serebrennikov habían trabajado durante años codo con codo. Los dos directores eran las figuras más aclamadas del teatro ruso, celebrados mucho más allá de las fronteras nacionales, pero desde entonces sus caminos se han separado. Serebrennikov abandonó Rusia tras el inicio de la guerra y ahora trabaja en Europa, mientras que Bogomolov se ha quedado, instando a la intelectualidad a «dejar a un lado el desprecio hacia su propio pueblo» y a «trabajar, vivir y creer».

En la década de 2010, cuando el crítico teatral y periodista de Meduza Anton Khitrov estudiaba en el GITIS, el Instituto Ruso de Arte Teatral, su profesora Natalia Pivovarova introdujo un nuevo término en el léxico teatral: «el director de moda». Pivovarova consideraba que Serebrennikov, natural de Rostov del Don, encajaba perfectamente en esta definición: en aquella época, de hecho, trabajaba tanto en el teatro como en la televisión. Más tarde, el moscovita Bogomolov, hijo del renombrado estudioso del cine Yuri Bogomolov y filólogo de formación, se convirtió en un director igualmente de moda.

El teatro en aquella época «estaba en ruinas», recuerda una fuente de la BBC especializada en el sector teatral. La tradición soviética, según la cual todo el mundo debía «ir al teatro al menos una vez y luego morir», ya había quedado obsoleta, y aunque la gente ya «escuchaba la música adecuada y leía los libros traducidos adecuados», declaraba con orgullo que nunca había ido al teatro. En este contexto, el teatro ruso comenzó inesperadamente a florecer, afirma Khitrov, en gran parte gracias a Serebrennikov y Bogomolov, que supieron «sintonizar con su época, el contexto y las nuevas generaciones que estaban creciendo». Ahora el teatro en Rusia está muriendo de nuevo, y solo en el extranjero se puede conservar su memoria.

 

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