La guerra en dos frentes de Islamabad: confrontación abierta con Kabul, equilibrio con Teherán
Los misiles pakistaníes continúan atacando objetivos políticos y militares talibanes en Afganistán, mientras la ONU reporta cerca de 66 mil desplazados y decenas de víctimas civiles hasta el momento. Pakistán también debe hacer frente a la ira de la comunidad chií tras el asesinato del ayatolá Ali Jamenei en los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán.
Islamabad (AsiaNews) - En este momento hay cerca de 66 mil ciudadanos afganos desplazados debido al conflicto armado entre Pakistán y Afganistán, que se desencadenó apenas una semana antes del inicio de la guerra entre Israel y Estados Unidos contra Irán. Naciones Unidas también informó que al menos 42 civiles murieron y otros 104 resultaron heridos en "fuego indirecto de enfrentamientos transfronterizos" entre el 26 de febrero y el 2 de marzo. La situación es extremadamente volátil y corre el riesgo creciente de vincularse al conflicto de Oriente Medio, extendiendo la guerra a todo el sur de Asia.
En la última semana Islamabad ha lanzado misiles aire-tierra contra emplazamientos militares afganos apuntando directamente al gobierno talibán. Anoche la Fuerza Aérea publicó el vídeo de un bombardeo contra el cuartel general de la 205ª Brigada de Kandahar, al sur de Afganistán, donde se encuentra la sede de la facción de los talibanes encabezada por Hibatullah Akhundzada, el guía religioso, mientras que el ala "pragmática" de la agrupación, liderada por la red Haqqani, tiene su base en Kabul. Desde hace tiempo son conocidas las tensiones entre las dos facciones, y mientras la primera sigue imponiendo prohibiciones y restricciones a la población, en particular a las mujeres, y concentrando el poder en sus propias manos, la segunda es partidaria de una flexibilización de las medidas religiosas para promover la interacción con la comunidad internacional.
El ministro de Información pakistaní Attaullah Tarar declaró que también se han llevado a cabo con éxito ataques en la base aérea de Bagram, al norte de Kabul. Otras fuentes de seguridad pakistaníes afirmaron haber destruido un depósito de armas en Jalalabad y una base militar en la provincia de Nangarhar. La policía afgana informó que se han unido al ejército más de 4 mil jóvenes procedentes de Panjshir, una región del norte que siempre se ha opuesto al gobierno talibán y durante mucho tiempo ha intentado organizar una oposición armada contra la mayoría pastún.
La acción militar de Pakistán - cuyo objetivo parece ser la cúpula del régimen talibán - ha comenzado tras años de tensiones y reiterados episodios de violencia alternados por frágiles ceses del fuego. Desde que los talibanes entraron en Kabul en agosto de 2021 y retomaron el control del país tras dos décadas de guerra, los grupos armados de la región han recuperado fuerza, golpeando cada vez con más frecuencia y con ataques cada vez más selectivos a las fuerzas de seguridad y a las instituciones de Pakistán. Uno de los principales responsables de estos ataques es el Tehrik-i-Taliban Pakistan (TTP), los talibanes pakistaníes que pretenden establecer un Emirato Islámico en Pakistán. El Estado Islámico del Jorasán (IS-K), que se opone al liderazgo talibán acusándolo de ser ideológicamente demasiado blando, también ha llevado a cabo una serie de ataques mortales, y en las últimas semanas ha vuelto a perpetrar atentados suicidas incluso en la capital de Pakistán, donde este tipo de violencia no se registraba desde hace mucho tiempo.
Como confirman diversos informes periódicos de las Naciones Unidas, todas estas agrupaciones armadas han encontrado refugio y apoyo financiero en el Afganistán de los talibanes. Además del TTP, los analistas señalan también la presencia de Al Qaeda, que sigue contando con la protección de las autoridades talibanas y desempeña un papel de apoyo a otras organizaciones proporcionando entrenamiento y asesoramiento militar, en particular precisamente a los talibanes pakistaníes. Los informes de la ONU también afirman que Al Qaeda sigue teniendo la ambición de realizar atentados a escala internacional con fuerte impacto mediático.
A pesar de la presión militar de los talibanes, sigue diciendo el último documento publicado el mes pasado, el IS-K conserva una importante capacidad operativa y sigue desarrollando redes de células en la región con el objetivo de lanzar ataques a nivel regional. El informe señala también la presencia de otras organizaciones yihadistas, como el Turkistan Islamic Party (TIP), compuesto principalmente por militantes uigures, y grupos como Jaish-e-Mohammed, vinculado al yihadismo en Cachemira, la región en disputa entre Pakistán y la India. También se teme que los combatientes yihadistas liberados en Siria puedan regresar a Asia Central, de donde proceden muchos de ellos, y desde allí llegar al norte de Afganistán. En Pakistán está presente otro conocido grupo armado, el Ejército de Liberación de Baluchistán (BLA), una región que comparte con Irán y Afganistán. El BLA, que tiene aspiraciones independentistas, en los últimos años también ha llevado a cabo atentados cada vez más sofisticados contra las fuerzas de seguridad pakistaníes.
La guerra entre Irán e Israel y Estados Unidos complica aún más la situación para Islamabad, no solo porque Pakistán, donde vive la segunda comunidad chií más numerosa del mundo después de Irán, tiene que hacer frente en este momento a conflictos extremadamente violentos a lo largo de dos fronteras diferentes, sino también porque corre el riesgo de verse directamente involucrado en la guerra contra Irán, debido a que el ministro de Asuntos Exteriores pakistaní, Ishaq Dar, recordó hace pocos días que había firmado un pacto de defensa mutua con Arabia Saudita. Si bien Irán y Pakistán han colaborado en el pasado para contrarrestar el independentismo de los baluchis, en enero de 2024 ambos países lanzaron una serie de ataques transfronterizos con misiles y drones que incluso afectaron a niños.
La población chií de Pakistán ya se ha rebelado. En los días posteriores al asesinato del ayatolá Alí Jamenei, miles de personas salieron a las calles en diversas ciudades. En Karachi algunos manifestantes irrumpieron en el consulado estadounidense, que al igual que el de Lahore, fue posteriormente evacuado del personal no esencial. Las protestas y los enfrentamientos con la policía han dejado al menos 26 muertos. Los líderes religiosos chiíes han proclamado días de luto e invitaron a nuevas movilizaciones.
Las protestas ponen en dificultades al gobierno de Islamabad, que en los últimos meses había reforzado las relaciones diplomáticas con Washington a pesar de ser un estrecho aliado de Beijing, de donde importa la mayor parte de su armamento y para quien produce los cazas JF-17, los aviones de combate "low cost" que demostraron toda su eficacia en el breve conflicto con la India en mayo del año pasado.
El general Asim Munir, jefe del ejército pakistaní, se reunió personalmente con el presidente estadounidense Donald Trump el verano pasado, mientras el gobierno de Islamabad consolidaba los vínculos militares con Arabia Saudita, que, a pesar de oponerse al conflicto por razones de estabilidad económica, se ve obligada a defenderse de los recientes ataques iraníes en toda la región en un intento de provocar una acción diplomática y asegurar de esa manera la supervivencia del régimen de la República Islámica. Por lo tanto Pakistán, históricamente vinculado a Irán incluso a nivel religioso, debe equilibrar su posición teniendo en cuenta las alianzas con Washington y con los países del Golfo.
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