06/06/2026, 16.32
MUNDO RUSO
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La 're-estalinización' del zar Putin, emperador sin ideología

de Stefano Caprio

Ante la declinación de las ideologías, el Kremlin responde con el culto a la Gran Victoria. Existen analogías entre el "putinismo" y el fascismo, e incluso rasgos en común con Hitler. Pero insistir en estas similitudes corre el riesgo de oscurecer sus características distintivas. El régimen rechaza las ideas socialistas y ridiculiza la búsqueda de la igualdad. Además ha convertido el mesianismo de la Iglesia ortodoxa rusa en un pilar fundamental de su política.

 

Los numerosos intentos de describir las características específicas de la ideología de Vladimir Putin y de la actual clase dirigente del Kremlin han resultado hasta ahora bastante infructuosos, más allá de las imágenes de la "Eurasia" o del "Mundo Ruso" inspiradas por pseudofilósofos bastante confusos. En realidad, el motivo es sencillo: el Kremlin carece de una verdadera ideología, como ha resultado evidente en las vacías proclamas del Foro Económico de San Petersburgo que tuvo lugar en los últimos días. En una época marcada por el declive de las ideologías, la política de la memoria, basada en el culto a la Gran Victoria, se ha convertido en el principal instrumento de legitimación del régimen, sin ninguna elaboración de perspectivas futuras. El concepto mismo de ideología no hace más que complicar la comprensión del putinismo: durante el último cuarto de siglo los rusos han vivido bajo el yugo de unos servicios de seguridad mafiosos de los que Putin es el principal representante, en una sociedad profundamente corrupta donde nada garantiza derechos o libertades "ni al poeta ni al ciudadano", como afirma la historiadora Dina Khapaeva del Georgia Institute of Technology.

Antes de la invasión de Ucrania los analistas sostenían que la clave residía en los "éxitos objetivos" del gobierno de Putin. Afirmaban que él era el garante de la "estabilidad y el orden", tan anhelados por los rusos después de la turbulenta década de 1990; y mientras los ingresos procedentes del petróleo siguieron siendo suficientes para asegurar una apariencia de prosperidad, al menos en las grandes ciudades, ese argumento convencía a muchos. Ahora que la guerra contra Ucrania ha causado cientos de miles de víctimas en el frente ruso, y que los ataques con drones se han vuelto tan frecuentes que Putin ya no puede organizar un desfile militar sin el permiso de Volodímir Zelenski, resulta mucho menos claro por qué "el pueblo guarda silencio".

La idea de que el putinismo es una forma de fascismo comenzó a difundirse entre los críticos de Putin durante su segundo mandato presidencial, que culminó con la guerra de Georgia en 2008. El politólogo estadounidense Aleksandr Motyl, hijo de ucranianos que huyeron de la Segunda Guerra Mundial, fue uno de los primeros que formuló esta hipótesis; en su opinión, el "hipernacionalismo, el imperialismo y el supremacismo" son rasgos comunes a las ideologías de los regímenes, tanto de Hitler como de Putin. El historiador de Yale, Timothy Snyder, destaca más bien la influencia del filósofo filofascista Iván Ilín, quien se exilió tras la instauración del régimen soviético, a quien Putin cita con frecuencia en sus discursos y cuyas cenizas hizo trasladar al monasterio Donskói. Además, muchos partidarios rusos del putinismo expresaban abiertamente su simpatía por el fascismo hasta que, como era de esperar, la propaganda del Kremlin declaró "nazis" a los ucranianos.

Sin duda existen similitudes entre el putinismo (o "ruscismo", como lo llaman en Ucrania) y el fascismo: el culto a la fuerza y al liderazgo, el terror, la nostalgia del pasado y el militarismo. El deseo de calificar al régimen de Putin como fascista es comprensible: es una forma de forzar el reconocimiento de su carácter criminal. Sin embargo, no todos los regímenes criminales son fascistas, y resaltar excesivamente las similitudes con el fascismo oscurece las características distintivas del putinismo. Y las evidentes diferencias pueden incluso poner en duda su naturaleza criminal.

Paradójicamente, el debate sobre la equiparación del putinismo con el fascismo ha servido de pretexto para su normalización. En vísperas de la anexión de Crimea, el historiador estadounidense Stephen F. Cohen expresó su indignación por la comparación del régimen de Putin con el fascismo y advirtió a la opinión pública occidental que, al "demonizar" a Putin y presentarlo como un nuevo Hitler, los críticos del putinismo estaban empujando al mundo al borde de una nueva Guerra Fría y de una catástrofe nuclear. Al situar al putinismo dentro del amplio espectro del neoliberalismo, la politóloga francesa Marlene Laruelle, de la Universidad de Georgetown, sostiene que este régimen no debe considerarse fascista, y mucho menos un régimen dominado por la extrema derecha; en su opinión, no se trata de un monstruo aislado, sino de uno de los muchos regímenes de orientación conservadora, cada vez más extendidos en el mundo. Además de los aspectos negativos del putinismo, Laruelle señala aquellos que la izquierda occidental percibe positivamente, como por ejemplo el rechazo a la "subordinación geopolítica a Estados Unidos", el rechazo a la "hegemonía occidental" y la oposición al "neoliberalismo económico". En su interpretación, el régimen de Putin se ha convertido en "posliberal", porque, según dice, Rusia "ha experimentado de primera mano los límites del liberalismo". Siguiendo las opiniones del gran politólogo ruso Gleb Pavlovski, Laruelle compara el putinismo con «una orquesta de jazz, con varios instrumentos», aunque sería mucho más apropiado compararlo con otros "músicos", es decir, los wagnerianos.

En efecto, el putinismo se diferencia del fascismo. El fascismo, y en particular el nacionalsocialismo, contenía elementos de socialismo, aunque solo para la "raza aria". El putinismo rechaza todas las ideas socialistas y, a pesar de su populismo, ridiculiza abiertamente la búsqueda de la igualdad. Además, la mayoría de los fascistas eran ateos, y aunque Mussolini mantenía relaciones con la Iglesia católica romana, el mesianismo religioso era ajeno tanto a la Italia fascista como al Reich nazi, mientras que el putinismo ha convertido el mesianismo de la Iglesia ortodoxa rusa en un pilar fundamental de su política.

El debate sobre la naturaleza fascista del putinismo ha reforzado aún más la convicción de los investigadores de que éste posee una ideología propia —aunque no fascista, sí distinta— y muchos han empezado a tratar de describir sus características. Las ideologías del siglo XX representaban un sistema de prescripciones abstractas, cuya implementación, supuestamente, conduciría a la construcción de un "futuro mejor": el comunismo mundial o un Reich de mil años. Intentaron aplicar estas prescripciones a escala global, lo que, a ojos de sus seguidores, justificaba el derecho de estos regímenes a dominar el mundo, bajo la forma del dominio de la raza aria o de la revolución mundial. La mirada puesta en el futuro era una característica importante de estas ideologías del pasado, mientras que el Kremlin, en realidad, no tiene ningún proyecto para el futuro, salvo un retorno al pasado histórico de Rusia, a la época de la Segunda Guerra Mundial o incluso a la Edad Media.

Como observa acertadamente Nikita Savin, joven politólogo de la Escuela Superior de Economía de Moscú, Putin y los propagandistas del Kremlin manipulan fragmentos de diversos sistemas ideológicos para adaptarlos a las necesidades del momento y los descartan sin vacilación en cualquier otro momento. La contradicción y la incoherencia caótica son características intrínsecas de la propaganda de Putin, muy imitada hoy por Donald Trump; en línea con el posmodernismo, propagandistas como el asesor del presidente, Vladímir Medinski, declaran sin rodeos que no existe objetividad en la historia, lo que les otorga completa libertad para distorsionar tanto el pasado como el presente. El Kremlin opera, de hecho, bajo el principio de que cuantas más contradicciones haya, más fácil resulta manipular a las personas, y cuando se dirige a sus conciudadanos, el gobierno emplea sistemáticamente tácticas de guerra híbrida, que luego exporta a todos los demás países. A diferencia del comunismo o del fascismo, el putinismo no ofrece una explicación totalizadora del mundo, ninguna "llave de oro" para desvelar todos los misterios del universo. En cuanto al dominio global, si bien la frase sobre "la historia milenaria de Rusia" está incluida en la Constitución rusa, cuatro años de guerra catastrófica contra Ucrania no han contribuido significativamente a responder la pregunta de cómo puede crear el Kremlin una nueva visión del orden mundial.

El célebre historiador Roger Griffin considera que el fascismo, al igual que el comunismo, se presentó como un movimiento revolucionario. El Kremlin, en cambio, teme las revoluciones como a la peste, y esta es la verdadera razón por la cual no puede dejar de hacer la guerra, si no es en Ucrania, tal vez en los países bálticos, en el Cáucaso o en Asia Central, en los territorios que quedaron separados del antiguo imperio soviético. El culto a la guerra, que exaltaba a Stalin como comandante en jefe victorioso, ha definido el eje principal de la política de la memoria de Putin: la re-estalinización. El mito estalinista de la guerra ha sido y sigue siendo su "alma viva", con el recuerdo del heroico sacrificio en la lucha contra el nazismo y la liberación del mundo entero de la "peste parda", y ahora el sucesor de Stalin tiene el derecho exclusivo de rediseñar el mapa de Europa, de Asia y del mundo entero a su antojo.

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