Pekín y la trampa de la exportación permanente
A pesar de la guerra arancelaria, en 2025 China superó los 1000 mil millones de dólares en su superávit comercial, del cual el 45 % se genera actualmente en el sudeste asiático, África y América Latina. Sin embargo, esta riqueza no se convierte en un motor para el consumo interno, ya que la caída de los precios de producción en nombre de la competitividad también comprime los salarios y los ingresos. Una cuestión que el nuevo Plan Quinquenal, que se presentará en marzo, no parece dispuesto a abordar realmente.
Milán (AsiaNews) - En 2025, China registró un superávit comercial superior a los 1000 mil millones de dólares, el más alto jamás alcanzado en la historia económica contemporánea. Los contenedores cargados siguen saliendo de los puertos chinos y las cifras de exportación marcan nuevos récords, pero esta extraordinaria afluencia de ingresos no se refleja en la evolución de las reservas en divisas. Estas últimas se han mantenido prácticamente estables, pasando de 3,2 billones de dólares a finales de 2024 a solo 3,3 billones en noviembre del año pasado. Entonces, ¿dónde va a parar este capital?
La respuesta hay que buscarla en un profundo cambio en la forma en que China gestiona su riqueza comercial. Si en el pasado el Gobierno tendía a acumular directamente los ingresos comerciales en forma de reservas estatales, hoy en día el sistema ha cambiado: una parte importante de los flujos entrantes permanece en manos de las empresas exportadoras y se dirige al extranjero a través de inversiones privadas, como las fábricas de vehículos eléctricos en Europa o las plantas de semiconductores en el sudeste asiático. Ya no se trata de proyectos de infraestructura aislados, como en la primera fase de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, sino de la transferencia de grupos industriales enteros que se instalan fuera de las fronteras nacionales llevando consigo a proveedores y subproveedores.
Otra parte del capital se destina a instrumentos financieros denominados en dólares, aunque ya no a los bonos del Tesoro estadounidense, que China ha reducido a los niveles más bajos de los últimos 17 años. Las empresas e inversores chinos privilegian hoy en día los activos del sector privado, limitando la exposición directa a Washington, pero sin dejar de buscar rendimientos en el mercado estadounidense. Paralelamente, muchas empresas están reembolsando deudas contraídas en moneda extranjera u optando por mantener sus beneficios fuera de las fronteras nacionales.
Todo ello tiene repercusiones concretas en el territorio. Como cuenta el New York Times en un reportaje desde Ningbo, el puerto más grande del mundo por volumen de mercancías, los barcos zarpan sin descanso cargados de mercancías, mientras que, a pocos kilómetros de distancia, las calles comerciales parecen desiertas y las tiendas registran una caída de las ventas, ya que muchos residentes se encuentran sin dinero. En otras palabras, el superávit comercial genera cifras sin traducirse en bienestar generalizado y acaba poniendo de manifiesto un desequilibrio estructural que sigue acentuándose.
La trampa de la exportación permanente
El desequilibrio actual tiene sus raíces en la propia arquitectura de la economía china. El consumo de los hogares representa el 39 % del producto interno bruto, frente a una media del 60 % en las economías avanzadas. Se trata de una diferencia muy amplia, que refleja décadas de decisiones políticas orientadas a favorecer las inversiones industriales y las infraestructuras en detrimento del poder adquisitivo de las personas. El resultado es un sistema que produce mucho más de lo que los ciudadanos son capaces de absorber, lo que obliga al país a exportar el exceso de bienes para mantener en funcionamiento las fábricas y preservar la estabilidad del empleo.
En 2025, esta brecha se ha ampliado aún más. El consumo interno se ha ralentizado, la inversión privada ha disminuido y el impulso proporcionado por los proyectos de infraestructura ha comenzado a debilitarse, mientras que el sector inmobiliario sigue atravesando dificultades por cuarto año consecutivo, con ventas e inversiones en fuerte descenso con respecto a los niveles anteriores. A esto se suma una fase deflacionaria que ya dura tres años, alimentada por la sobreproducción. La caída de los precios de producción permite a las empresas exportar a costos cada vez más bajos, lo que refuerza la competitividad de los productos chinos en los mercados internacionales.
De este modo se crea un círculo vicioso. La caída de los precios internos hace que los productos chinos sean muy competitivos en el extranjero, pero al mismo tiempo reduce los beneficios de las empresas, aumenta el peso real de las deudas y comprime los salarios y los ingresos. Ante un futuro incierto, las familias consumen menos, lo que alimenta una nueva deflación y una nueva sobreproducción, que debe ser absorbida por los mercados exteriores. El Gobierno ha introducido medidas limitadas para apoyar el consumo, como incentivos para la renovación de vehículos y subsidios específicos, pero se trata de intervenciones fragmentarias, insuficientes para cambiar las expectativas.
Aunque podrían reforzar las transferencias a las familias o la protección social, las autoridades siguen dando prioridad a las inversiones públicas en industrias estratégicas e infraestructuras. La razón es sencilla. Mientras las exportaciones sigan creciendo, Pekín puede alcanzar su objetivo de crecimiento económico, fijado en un 5 % anual, sin tener que abordar los problemas estructurales. El éxito comercial internacional se convierte en una excusa para posponer reformas difíciles. En otras palabras, la fortaleza de las exportaciones se convierte, paradójicamente, en un obstáculo para el reequilibrio interno.
Una situación insostenible
Este modelo muestra ahora grietas cada vez más evidentes, ya que en el frente externo el proteccionismo va en aumento. La Unión Europea, por ejemplo, ha impuesto aranceles a los vehículos eléctricos chinos y el presidente francés Emmanuel Macron ha calificado el superávit de Pekín de «inaceptable», mientras que, en otro frente, muchos países en desarrollo comienzan a sufrir la competencia de mercancías vendidas a precios muy bajos y se verán obligados a defenderse. Según algunos observadores, el superávit comercial chino constituye hoy en día una amenaza para el sistema de comercio mundial incluso mayor que la de los aranceles estadounidenses.
Para atenuar estas presiones, China está tratando de diversificar sus mercados comerciales. El superávit con los países de la Iniciativa de la Franja y la Ruta ha superado al de Estados Unidos, llegando a representar el 45 % del superávit total chino, frente al 24 % atribuible al comercio con Estados Unidos. Las exportaciones al sudeste asiático, África y América Latina han crecido considerablemente. Sin embargo, esta redistribución geográfica alimenta la sospecha de que parte de las mercancías chinas llegan de todos modos a los mercados occidentales a través de rutas indirectas, eludiendo los aranceles. Si se confirma, el fenómeno podría desencadenar nuevas represalias.
También a nivel interno se acentúan las contradicciones. China ha consolidado su centralidad productiva e industrial en sectores estratégicos, desde las tierras raras hasta las baterías para vehículos eléctricos, logrando importantes resultados tecnológicos, incluso en inteligencia artificial. Al mismo tiempo, la base social de esta potencia industrial parece cada vez más frágil. La confianza de los consumidores se encuentra en mínimos históricos y el rápido envejecimiento de la población va acompañado de un desplome de la natalidad, que en 2025 descendió al nivel más bajo desde 1949, lo que indica que el país se encamina hacia una contracción. Algunos economistas describen la situación como una brecha que sigue ampliándose. Por un lado, crecen las exportaciones y la capacidad tecnológica, mientras que, por otro, retroceden el consumo, la natalidad y la confianza en el futuro. El riesgo es que se consolide una mentalidad deflacionista similar a la que ha bloqueado a Japón durante décadas, lo que hace cada vez más difícil salir de la espiral.
El XV Plan Quinquenal, previsto para marzo de 2026, representa un paso crucial. Los borradores que han salido a la luz hasta ahora sugieren una fuerte continuidad con las decisiones anteriores: la innovación, la autosuficiencia tecnológica y el desarrollo de sectores como la robótica y la informática cuántica siguen siendo el centro de atención. El objetivo declarado es llevar la cuota china en la producción mundial del 30 % al 40 %, mientras que el margen para reforzar el consumo interno parece limitado.
Sin embargo, tarde o temprano, el reequilibrio tendrá que producirse. Las exportaciones no pueden crecer sin límites, especialmente en un contexto de crecientes barreras comerciales y desaceleración de la economía mundial. Cuando este impulso desaparezca, China se enfrentará a la necesidad apremiante de dar un mayor apoyo a la demanda interna sin poder seguir contando con el impulso externo. Aplazar aún más el reequilibrio significa aceptar que la deflación se convierta en una condición permanente, con una factura muy elevada que pagar y una economía que acabaría estancada en una trayectoria sin salida, con todas las consecuencias políticas y sociales que ello conlleva.
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