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ARGELIA-VATICANO
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«Yo, una argelina nacida en los años del terror, y mis días con el papa León»

de Miriam Hassina

El pontífice abandona hoy Argelia para dirigirse a Camerún, segunda etapa de su viaje apostólico por África. El testimonio de una joven criada en Italia que quiso estar presente en Argel para vivir junto a su pueblo este acontecimiento histórico. «Entre la multitud, todos decían: es un signo de unidad entre cristianos y musulmanes. Hemos visto que los cambios surgen de forma discreta, pero real».

Argel (AsiaNews) - El papa León XIV se despide esta mañana de Argel para partir hacia Camerún, segunda etapa de su viaje apostólico por África. Lo hace tras dos días intensos que han dejado una profunda huella en el pueblo argelino. Así lo cuenta este testimonio que nos ha enviado Miriam Hassina, una joven de origen argelino criada en Italia, que desde Milán ha querido viajar estos días al país de sus raíces para vivir en primera persona, entre la gente de Argelia, el encuentro con el Papa.   

Hace dos meses, cuando una querida amiga me dijo que el Papa iba a iniciar su viaje apostólico por África partiendo de Argelia, me costó creerlo. Para alguien como yo, que nací en los años de la llamada «década negra», marcada por el terrorismo de los años noventa, la idea de que, treinta años después, un Pontífice llegara a Argel tenía algo de impensable.

Nací en Argelia, pero crecí en Milán, donde mis padres se conocieron y construyeron su vida. El país de mis orígenes siguió siendo durante mucho tiempo una distancia más que un lugar, también por las dificultades relacionadas con los visados, que eran difíciles de obtener. Esta vez, sin embargo, era diferente: la magnitud del evento hacía difícil quedarse en otro lugar.

Así que decidí partir. Aunque solo fuera por tres días. Ya en el aeropuerto percibí un ambiente inusual, hecho de preparativos y de espera, similar al que precede a la llegada de un pariente lejano.

Al llegar a la ciudad, esta impresión se confirmó. Las calles limpias, los barrios arreglados, los relatos entusiastas de quienes viven en Argel devolvían la imagen de una ciudad preparada. No se trataba solo de recibir una visita institucional, sino a alguien esperado desde hacía tiempo.

A lo largo de las calles principales ondeaban kilómetros de banderas de la Santa Sede junto a las argelinas, un mensaje de unidad imposible de pasar por alto. La seguridad era omnipresente, con miles de policías y militares presentes: más que tensión, se percibía el deseo compartido de que todo saliera de la mejor manera posible.

Desde los primeros gestos, el papa León XIV marcó el tono de la visita. La decisión de acudir al Maqam Echahid, el monumento a los mártires de la guerra de independencia de 1962, se interpretó como una muestra de profundo respeto por la historia del país. Aún más significativo fue su saludo inicial: «As-salamu alaykum» —la paz sea con vosotros—.

Como telón de fondo de toda la jornada hubo una lluvia intensa e inusual para Argel. Las calles se llenaron de agua, los desplazamientos se hicieron más lentos, pero la lluvia no dispersó a la multitud. Al contrario, puso de manifiesto su determinación.

Al subir hacia Notre-Dame d’Afrique, la basílica que domina la ciudad y que acogió la última cita del día, se encontraban grupos de jóvenes peregrinos, mojados pero decididos a alcanzar la meta. Esperando al Papa había cientos de personas: argelinos, trabajadores extranjeros, estudiantes procedentes de diversos países africanos.

A la pregunta de por qué estaban allí, la respuesta se repetía con sorprendente sencillez: «Este viaje es un signo de unidad entre cristianos y musulmanes». Palabras que, en el contexto argelino, adquieren un significado especial. La década de violencia entre 1992 y 2002 marcó profundamente al país, con miles de víctimas, musulmanas y cristianas, entre las que se encuentran también los diecinueve mártires beatificados en Orán en 2018.

A pesar que la lluvia torrencial ponía a prueba a todo el mundo, nadie parecía querer marcharse. Cada uno tenía una razón para estar allí: quienes habían llegado desde una región lejana de Argelia, musulmanes invitados por amigos y compañeros cristianos, quienes simplemente no querían perderse una ocasión que se percibía como histórica.

Muchos, entre los que me incluyo, nos quedamos fuera de la basílica sin poder seguir plenamente las palabras del Papa, debido a las condiciones meteorológicas y a los problemas técnicos. Sin embargo, esto no restó sentido a lo que se estaba viviendo.

Lo que quedó más claro es que, en un país marcado por una historia tan compleja como Argelia, este día dejó entrever algo esencial: los cambios surgen con el tiempo, a menudo de forma discreta, pero real.

Cuando nací, todo esto era difícil incluso de imaginar. Hoy, en cambio, he sido testigo de ello.

 

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