Beirut, redentoristas de la India: por qué nos quedamos con los olvidados de la guerra
Mientras Israel ha iniciado una “operación terrestre” en el sur del Líbano, el P. Shinto y el P. Binoy cuentan a AsiaNews su experiencia junto a las Misioneras de la Caridad acompañanddoo a las personas más afectadas por el conflicto. En el silencio ante el Santísimo Sacramento, “el ruido” del conflicto “se desvanece” para dar paso una paz “que solo Cristo puede otorgar”. El testimonio sobre la ayuda concreta a un hombre en dificultades.
Beirut (AsiaNews) - “Muchos nos preguntan por qué nos quedamos cuando es tan peligroso. La respuesta es sencilla: nuestra presencia es nuestra misión”, dice en un testimonio que envió a AsiaNews el P. Shinto Moongathottathil C.Ss.R., religioso de la Congregación del Santísimo Redentor (CSsR, conocidos también como Redentoristas o Liguorinos), en el que describe desde la perspectiva libanesa la escalada del conflicto entre Hezbolá e Israel. “En esa hora de silencio ante el Santísimo Sacramento, el ruido de la guerra se desvanece —añade— y encontramos la paz que solo Cristo puede dar”. Palabras que llegan en momentos de gran preocupación por las repercusiones regionales de la guerra lanzada por el presidente estadounidense Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu contra Irán, que ha renovado las tensiones entre el país de los cedros y el Estado judío.
Después de los bombardeos en la capital y la frontera sur de los últimos días, el ejército israelí acaba de comenzar en estas horas una “operación terrestre” [invasión, ndr] en el sur del Líbano. La medida aumentará el derramamiento de sangre, señala con preocupación el P. Poly Kannampuzha, superior de los Redentoristas de Kerala. En la fiesta de san Clemente, el P. Kannampuzha invita a todos "a rezar por nuestros hermanos que se encuentran en el Líbano y Arabia Saudita [los padres Binoy, Lijo, Shinto, Wilson y Johnson] sumidos en la guerra”. “La situación en el Líbano —prosigue el superior— es particularmente alarmante. La mayoría de los ataques aéreos se producen en la capital, Beirut, y nuestros hermanos no están lejos” de la zona donde se concentran los bombardeos. Ellos, añade, “no están asustados, pero debemos apoyarlos con nuestras oraciones y solidaridad”. Es una obra esencial, como se desprende del testimonio del superior de los redentoristas, el P. Binoy Mandapathil, que relata el rescate que llevó a cabo, hace dos semanas, de un hombre en condiciones de “sufrimiento inimaginable”.
A continuación, el relato íntegro de los padres Shinto y Binoy a AsiaNews:
Una misión de presencia, caminar junto al pueblo libanés:
a situación actual en el Líbano es muy grave. Todos los días escuchamos los sonidos de la guerra y vemos el miedo en los ojos de las personas que nos rodean. Miles de familias se han visto obligadas a abandonar sus hogares, llevando consigo sólo lo que podían cargar. Las escuelas y las calles están abarrotadas de gente que no tiene otro lugar adonde ir.
En medio de este miedo, nosotros tres, misioneros redentoristas (los padres Binoy, Shinto y Lijo), hemos tomado una decisión clara. ¡Nos quedamos! No nos limitamos a observar esta guerra desde lejos; la estamos viviendo junto a la gente. Muchos nos preguntan por qué nos quedamos, siendo que es peligroso. La respuesta es sencilla: nuestra presencia es nuestra misión.
Una parte muy importante de nuestra misión aquí es nuestra fraternidad con las Misioneras de la Caridad (Hermanas MC). Celebramos la Santa Misa con ellas. En tiempos de guerra, la Eucaristía es nuestra mayor fortaleza. También ayudamos a las hermanas en su hermoso servicio a los pobres. Predicamos jornadas de retiro, escuchamos confesiones y brindams apoyo espiritual a los que están exhaustos. En este tiempo de tantas dificultades organizamos un momento especial de Adoración para los detenidos y para los que viven bajo el cuidado de las hermanas. En esa hora de silencio ante el Santísimo Sacramento, el ruido de la guerra se desvanece y encontramos la paz que solo Cristo puede dar.
Nuestra misión también nos lleva al corazón de nuestro barrio. Incluso en plena guerra, salimos a visitar a las familias de nuestra zona, especialmente a los ancianos o a los que están demasiado enfermos para salir de casa. Durante una guerra, estas personas son generalmente las que se sienten más olvidadas. Cuando vamos a verlas y les llevamos la Sagrada Comunión, no solo les ofrecemos un sacramento, sino el consuelo de la Iglesia. Nos sentamos con ellos, escuchamos sus preocupaciones y rezamos juntos. Estas visitas les recuerdan que, incluso cuando el mundo parece desmoronarse, Dios sigue caminando a su lado.
A veces la gente piensa que los misioneros siempre tienen que “hacer” grandes cosas. Pero hemos comprendido que el simple hecho de quedarnos es lo más poderoso que podemos hacer. Cuando la gente ve que no hemos huido, les da valor. Es como decirles: “No están solos. Dios no los ha olvidado”.
Como redentoristas, seguimos el camino de san Alfonso y permanecemos cerca de los más abandonados. A ustedes les pedimos amablemente que recuerden al Líbano y al Medio Oriente en sus oraciones. La destrucción a nuestro alrededor es grande, pero la gracia de Dios es mayor. No sabemos cuándo terminará esta guerra, pero sabemos cuál es nuestro lugar. Nuestro lugar está aquí, con las personas que tienen el corazón roto, para continuar la misión de la redención abundante. Nuestra presencia es un pequeño signo del amor de Dios y, mientras sea necesario, nos quedaremos.
El P. Binoy Mandapathil, superior de los redentoristas en el Líbano, relata un episodio reciente de atención y dedicación a los sectores más vulnerables de la población:
Hace dos semanas encontramos a un hombre en un estado de sufrimiento inimaginable. Se había refugiado en un baño estrecho, demasiado asustado para salir, aterrorizado por la policía, y demasiado débil para moverse. Su cuerpo estaba cubierto de heridas y había sido atacado por ratas, y el olor acre de la descomposición lo rodeaba. Su piel se estaba desprendiendo y era incapaz de emitir sonido alguno.
Cuando lo encontramos, la escena era estremecedora. El hedor era tan fuerte que apenas podía soportarlo. Sin embargo, con valentía y compasión, logramos levantarlo y subirlo a una ambulancia. Pero nuestra lucha no terminó allí. En el hospital se negaron a admitirlo. Los médicos temían que su condición fuera contagiosa, la catalogaron como “enfermedad secundaria”, y lo rechazaron.
En ese momento se hizo evidente la verdadera fuerza de la comunidad y de la fe. Con la ayuda de muchas personas de buen corazón y la determinación de las Hermanas Misioneras, luchamos por él para que recibiera los cuidados que desesperadamente necesitaba. Finalmente, fue operado y, tras la intervención, fue acogido en la Casa de la Paz, de las Hermanas Misioneras.
Hoy [16 de marzo] volví a visitarlo. La transformación es notable. Ya no es el hombre destrozado que encontramos en aquel baño. Puede sentarse correctamente, sonríe y, sobre todo, está profundamente agradecido. Su agradecimiento no se limita a los cuidados médicos, sino al amor y a la dignidad que se le han restituido.
Esta historia es un testimonio vivo de la misericordia de Dios obrando a través de las manos del hombre. Donde los hospitales veían peligro, la compasión vio a un hermano necesitado. Donde la sociedad tomaba distancia, la fe abrazaba. Y donde reinaba la desesperación, renació la esperanza. Demos gracias a Dios por la valentía de las Hermanas MC, por la fuerza de los que estaban unidos y por la curación que ahora permite a este hombre vivir con dignidad una vez más.
(colaboró Nirmala Carvalho)
17/12/2016 13:14
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