Los íconos pascuales de la victoria rusa
Dos íconos de la Madre de Dios, el de Vladimir, también llamado “Virgen de la Ternura” (Umilenije), y la Donskaja, ambos símbolos de victorias rusas, fueron expuestos excepcionalmente en la catedral del Santísimo Salvador. Ambos remiten al gran enfrentamiento entre Oriente y Occidente que dio origen a la Rus' y que ha seguido sustentando las diversas ideologías que han detentado el poder en Rusia hasta nuestros días.
En una de las homilías de los días de Pascua, el patriarca de Moscú Kirill (Gundjaev) invitó desde la catedral de la Dormición del Kremlin a todos los cristianos ortodoxos de Kiev y Ucrania a “rezar para conservar la unidad espiritual de los pueblos de la Rus'”, es decir, los rusos, los ucranianos y los bielorrusos. Reforzó el llamamiento afirmando que “no debemos caer en las artimañas diabólicas que atentan contra la verdad histórica”, porque la Iglesia “jamás se pliega a los dictados de los políticos”, aunque, de hecho, la afirmación de la “unidad de los pueblos de Rusia” es exactamente la tarea que el presidente Vladimir Putin ha asignado a los rusos para este año 2026 como compromiso político, social, moral y religioso.
En estos días el patriarca pareció un poco errático en sus solemnes declaraciones desde el altar, sobre todo durante la liturgia del Jueves Santo, cuando predicó sobre la Navidad, para luego corregirse tras ser advertido por un acólito. Intentó entonces restablecer su capacidad magisterial centrándose en Kiev, la “madre de las ciudades rusas” (título que después se transfirió a Moscú con el Yugo Tártaro) y en la “Santa Sofía de Kiev”, la catedral que se disputan entre las diversas jurisdicciones de la Iglesia ortodoxa, para pasar luego a la otra catedral de Kiev, San Vladimir, “temporalmente ocupada por los cismáticos”, es decir, la Iglesia autocéfala ucraniana PZU, hasta llegar a la Dormición del Kremlin, construida por el ingeniero y arquitecto italiano Aristotele Fioravanti alrededor de 1470 con los maestros de obras del Castillo Sforzesco de Milán.
El desfile de catedrales históricas de la Santa Rus' es la demostración de la santidad de la guerra rusa en Ucrania, cuyo objetivo es aniquilar las “artimañas diabólicas” de quienes se niegan a admitir la superioridad de Moscú sobre Kiev y sobre el resto del mundo. Para hacer aún más evidente y solemne esta proclamación de la verdadera fe rusa, este año el patriarca también se aseguró el apoyo de la Virgen María, retirando de los museos dos de los íconos marianos más antiguos y famosos, como ya hizo el año pasado con el de la Santísima Trinidad de Andrei Rublev, para santificar la unión de los pueblos; los tres peregrinos de las Encinas de Mamre que simbolizan la Trinidad son, en efecto, la imagen eterna de Rusia, Ucrania y Bielorrusia.
La Trinidad fue devuelta al lugar de origen de su creación, la Lavra de San Sergio de Radonezh, a 70 kilómetros de Moscú, a la que también se denomina el “Vaticano ruso”. Ahora, en cambio, se ha recurrido a los íconos de la Madre de Dios, el de Vladimir, también llamado “Virgen de la Ternura” (Umilenije), y el que se suele llamar Donskaja, que fue regalado por los cosacos del Don al príncipe Dmitri Donskói de Moscú para celebrar la primera victoria sobre los tártaros en la batalla de Kulikovo de 1380, en el territorio de la actual república de Donetsk ocupada por los rusos. Todos los expertos critican estas operaciones de “restitución” de íconos antiguos a la Iglesia, que ponen en riesgo su conservación; pero al menos los dos íconos marianos no han tenido que recorrer mucho camino, porque pasaron de la Galería Tretiakov a la catedral del Santísimo Salvador de Moscú, separadas únicamente por el puente sobre el río Moscova.
Ambos son símbolos de victorias rusas: el ícono de la Donskaja representa el renacimiento de Moscú tras dos siglos de dominio mongol, y el de la Vladimirskaja ya en la historia primitiva de la Rus' de Kiev profetizaba el futuro advenimiento de Moscú. Cuenta la leyenda que el príncipe de Kiev Andrei Bogoljubskij, en la segunda mitad del siglo XII, recorría las tierras de la Rus' en busca de una solución para resistir los ataques de los pueblos asiáticos y caucásicos que invadían las tierras rusas, hasta que llegó a un remoto monasterio donde, junto al altar, se encontraba la santa Umilenije, término que indica la ternura con la cual la Madre acaricia el rostro del Niño Jesús en sus brazos. Según la tradición, este ícono fue pintado directamente por san Lucas Evangelista, médico y pintor.
La Virgen se levantó entonces de su trono y caminó delante del príncipe, señalándole el camino para llegar a Vladimir, la ciudad dedicada al príncipe Vladimir Monómaco, llamado así porque reivindicaba la sucesión del emperador bizantino Monómaco, con cuya hija se había casado (entre las muchas esposas que tuvo). Vladimir se convirtió así en la nueva capital de la Rus', y el ícono fue entronizado en las Puertas Doradas de la ciudad, construidas a imitación de la Puerta Santa de Kiev. Kiev había sido destruida por Andrei Bogoljubskij para “salvarla de los bogomilos”, los enemigos asiáticos que querían conquistarla, anticipándose un milenio a la “operación militar especial” de Vladimir Putin bendecida por el patriarca Kirill, quien también fue bautizado al nacer con el nombre de Vladimir.
Un pariente de Andrei, el príncipe Yuri Dolgoruki, se había dirigido en esos mismos años más hacia oriente para desarrollar el comercio sobre la ruta “de los varegos a los griegos”, estableciendo diversas estaciones de posta a orillas de los ríos, entre ellas la más estratégica en el río Moscova, que dio nombre a la capital heredera de Kiev. El fin de Kiev y el paso del poder a Vladimir se proyectan, por tanto, sobre el destino de Moscú, que posteriormente floreció gracias a los acuerdos con los tártaros que estableció el otro príncipe victorioso, Alexander Nevsky, a mediados del siglo XIII, quien también consiguió eximir de impuestos a la Iglesia ortodoxa. No es casualidad que el patriarca Kirill también haya retirado del museo del Hermitage la urna de plata donde se habían depositado los restos del santo príncipe, vencedor de la “batalla sobre el hielo” del lago Peipus contra los caballeros teutónicos que pretendían imponer el catolicismo en las tierras de la Rus' en 1240.
Las historias antiguas hoy constituyen el principal argumento de las pretensiones de Moscú sobre Kiev y sobre todos los demás pueblos que pretenden “reunificar” en el mundo ruso, ya que las historias modernas de la Rusia de los zares y de la Unión Soviética se prestan demasiado a interpretaciones contradictorias. No es que las de la Rus' de Kiev sean más lineales, pues están marcadas por las guerras intestinas entre los príncipes herederos de Vladimir el Grande, quien había bautizado al pueblo de Kiev por razones que, a su vez, eran muy poco espirituales, con el fin de imponer el dominio de los rusos sobre las rutas comerciales hacia Constantinopla. Hacer referencia a los íconos sagrados de origen bizantino remite, por tanto, al gran enfrentamiento entre Oriente y Occidente que dio origen a la Rus' y que ha seguido sustentando las diversas ideologías que han detentado el poder en Rusia hasta nuestros días.
Los antiguos íconos marianos, por otra parte, no gozaron de gran prestigio a lo largo de la historia rusa, que había enaltecido principalmente los de la gran iconografía rusa de los siglos XV-XVI, obra de grandes autores como Andrei Rublev, su maestro Teófanes el Griego —a quien, por otra parte, se atribuye la Donskaja— y de su gran alumno Dionisio. Recién a mediados del siglo XIX se comenzó a confiar en las restauraciones y los estudios científicos, que eran capaces de distinguir los íconos de la Rus' de Kiev, en su mayoría procedentes de Grecia, de los propiamente rusos que después se confundieron con el arte devocional latino occidental a partir del siglo XVII. La revolución bolchevique había dispersado muchas obras importantes, conservando las principales en las salas siempre cerradas de la Galería Tretiakov, donde solo se mostraban a invitados importantes procedentes del extranjero.
Se comenzó a hablar de una exposición más abierta de los íconos sagrados recién hacia finales de los años ochenta, durante la preparación de las celebraciones del Milenio del Bautismo de la Rus' en 1988, uno de cuyos organizadores más activos era el joven metropolita Kirill, actual patriarca de Moscú. Sin embargo, el acceso recién se liberó realmente después de la caída de la URSS, y en las salas de la Galería empezaron a formarse enormes colas no solo de turistas y visitantes, sino sobre todo de fieles que habían vuelto a la ortodoxia, quienes se detenían para postrarse y rezar ante la Madre de Dios Vladimirskaja, a veces tratando de tocarla para obtener mágicamente alguna forma de intercesión. Se tomó entonces la decisión de trasladar el ícono de la Ternura a una capilla dedicada a san Nicolás reconstruida expresamente en el patio del museo, y para admirarla ha sido necesario hasta ahora entrar con la cabeza descubierta y con la vestimenta adecuada, haciendo la señal de la cruz con tres dedos según los cánones de la liturgia rusa. Ahora, en cambio, solo se puede contemplar la Donskaja y la Vladimirskaja en la catedral, a la sombra del Kremlin, donde los extranjeros y turistas no tienen derecho a entrar, y quizá tampoco los rusos que han sido declarados “agentes extranjeros”.
La oración pascual a los íconos de la Victoria invoca entonces hoy un nuevo milagro de la Madre de Dios, que señale el camino para liberarse del barro de las llanuras del Donbás, donde el ejército ruso está empantanado desde hace ya más de cuatro años, y devuelva a Moscú su grandeza perdida. Con la esperanza de que los íconos que datan del primer milenio no se rompan en pedazos en todas estas peregrinaciones entre museos y catedrales, provocando la desintegración de todo el imperio ruso del pasado y del presente.
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